Jacobo Vázquez, un controlador aéreo de 41 años, estaba en la torre de control del aeropuerto de Tenerife Norte, en la isla canaria de Tenerife, cuando la noche del 27 de marzo de 1977 se convirtió en un infierno. La densa niebla había reducido la visibilidad en la pista, y los aviones estaban siendo desviados desde el aeropuerto de Gran Canaria debido a una bomba en su terminal. En ese momento, dos Boeing 747, uno de la compañía holandesa KLM y otro de la estadounidense Pan Am, se encontraban en la pista, listos para despegar. El avión de KLM, con 248 personas a bordo, había sido autorizado para despegar, pero el de Pan Am, con 396 personas, todavía estaba en la pista, esperando instrucciones. La confusión y la falta de comunicación entre los controladores y los pilotos llevaron a una tragedia sin precedentes. A las 17:06 horas, el Boeing 747 de KLM chocó con el de Pan Am, provocando un incendio que se extendió rápidamente. El resultado fue devastador: 583 personas perdieron la vida en el peor accidente aéreo de la historia. Inmediatamente después del accidente, se iniciaron las investigaciones y se tomaron medidas para mejorar la seguridad en los aeropuertos. La tragedia de Tenerife llevó a cambios significativos en los procedimientos de comunicación y control del tráfico aéreo, y su legado sigue siendo relevante hoy en día, recordándonos la importancia de la seguridad y la comunicación en la aviación. Aún se estudia en escuelas de aviación y se considera un punto de inflexión en la historia de la aviación comercial.
En la ciudad de Anchorage, Alaska, la gente se preparaba para la cena del viernes santo, mientras que en Washington D.C., el presidente Lyndon B. Johnson revisaba informes de seguridad nacional en el Despacho Oval. Seis mil millas alejado, en el otro extremo del país, la tranquilidad de la noche de viernes santo estaba a punto de ser brutalmente interrumpida. La región de Alaska había experimentado actividad sísmica en el pasado, pero nada podía preparar a sus habitantes para lo que estaba por venir. La falla de subducción que se extiende a lo largo de la costa sur de Alaska había estado acumulando energía durante siglos, y el 27 de marzo de 1964, esta energía se liberó en forma de un terremoto masivo. El terremoto, que más tarde sería conocido como el Gran Terremoto de Alaska o el Terremoto del Viernes Santo, alcanzó una magnitud de 9,2, convirtiéndolo en el terremoto más poderoso en la historia de Estados Unidos. El epicentro del terremoto se ubicó en la Bahía de Prince William, a unos 75 millas al este de Anchorage, y su impacto se sintió en todo el estado. Las ciudades costeras como Valdez, Seward y Kodiak fueron devastadas por tsunamis, mientras que en Anchorage, los edificios se derrumbaban y las calles se resquebrajaban. Inmediatamente después del terremoto, la respuesta de emergencia se puso en marcha, con equipos de rescate y ayuda humanitaria llegando desde todo el país. El terremoto del Viernes Santo dejó una marca indeleble en la historia de Alaska y de Estados Unidos, y su legado continúa siendo relevante hoy en día. La investigación y el estudio de este evento han contribuido significativamente a nuestra comprensión de la geología y la sismología, lo que ha permitido desarrollar medidas de prevención y mitigación más efectivas para desastres naturales. A medida que pasan los años, la memoria de aquel fatídico viernes santo sigue viva, recordándonos la importancia de la preparación y la resiliencia frente a la fuerza de la naturaleza.