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Política y Estado

Octaviano Fuerza al Senado a Elegirlo Cónsul, Poniendo Fin a la República Romana

Octaviano Fuerza al Senado a Elegirlo Cónsul, Poniendo Fin a la República Romana
Imagen: Ángel M. Felicísimo from Mérida, España · Public domain

A los diecinueve años, uno suele estar pensando en grandes aventuras, amores imposibles o, quizás, en el próximo banquete. Octaviano, sin embargo, tenía otras prioridades aquel 19 de agosto del año 43 antes de nuestra era. Su aventura era la de tomar el control de la República Romana; su amor, el poder; y su banquete, la cena que compartiría como cónsul. No era un capricho adolescente, sino una jugada maestra, descarada y brutalmente efectiva, que redefiniría para siempre el significado de la autoridad en Roma.

La República, esa venerable institución con quinientos años de historia y un profundo apego a la legalidad y el consenso, se encontraba en una encrucijada. Julio César, el tío abuelo y padre adoptivo de Octaviano, había sido asesinado apenas un año antes, dejando un vacío de poder que los conspiradores esperaban llenar restaurando la vieja gloria senatorial. Pero subestimaron a Octaviano. Este joven, que hasta hacía poco no era más que un estudiante de retórica, regresó a Italia con el testamento de César en la mano y una legión de veteranos leales a su nombre en la otra. El Senado, en un intento desesperado por mantener a raya a Marco Antonio —otro de los herederos de César, más experimentado y, francamente, más intimidante—, había cometido el error de legitimar a Octaviano, dándole un mando pro-pretorial y enviándolo a la guerra.

Pero Octaviano no era de los que se conformaban con migajas. Después de una campaña exitosa contra Antonio, que lo había visto ganar batallas y el respeto de las tropas, se volvió contra sus supuestos aliados. Acampó con ocho legiones, unos 40.000 hombres, a las afueras de Roma. No envió una delegación para negociar. Envió una delegación para exigir. Su mensaje al Senado era claro, y si no lo era para ellos, un centurión llamado Cornelio lo dejó meridianamente cristalino al desenvainar su espada ante los senadores y declarar: "Si no se lo dan, ¡esta lo hará!" Un diplomático con, digamos, modales poco convencionales.

Octaviano Fuerza al Senado a Elegirlo Cónsul, Poniendo Fin a la República Romana
Imagen: CNG · CC BY-SA 2.5

El Senado, que durante siglos había sido el bastión de la ley y el orden republicano, la cúspide de la carrera política y el lugar donde se forjaban las decisiones más trascendentales, se encontró de repente con una lección práctica sobre la verdadera fuente del poder en tiempos de crisis. Aquel día, la antigua tradición de la elección consular por votación y debate se redujo a una farsa. No se votó por mérito, por experiencia o por el respeto de los pares. Se votó por miedo. Octaviano, que aún no tenía la edad legal para ocupar el consulado, fue elegido cónsul junto a su primo Quinto Pedio, un hombre que se mantuvo convenientemente en la sombra.

Antes de este día, la idea de que un joven sin experiencia militar destacada pudiera forzar al Senado a otorgarle el cargo más alto de la República era, sencillamente, inimaginable. Los cónsules eran los pináculos de una carrera de décadas, hombres de linaje y prestigio. Pero después, la República ya no era un gobierno de leyes, sino de hombres y sus legiones. La amenaza militar se convirtió en una herramienta legítima para alcanzar el poder, un precedente que se repetiría una y otra vez, culminando en el principado que el propio Octaviano, ya como Augusto, establecería. El mundo no cambió de la noche a la mañana, pero aquel día, el telón se corrió sobre la farsa de la legalidad republicana, y la espada se erigió como la verdadera legisladora. Y todo, por un joven que se negaba a esperar su turno.

Octaviano Fuerza al Senado a Elegirlo Cónsul, Poniendo Fin a la República Romana
Imagen: Unknown artistUnknown artist · Public domain

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Julius Caesar

Política y Estado

María Estuardo, Reina de Escocia, Regresa a una Escocia Dividida

Scotland

María Estuardo, Reina de Escocia, Regresa a una Escocia Dividida — Scotland
Imagen: François Clouet · Public domain

La niebla era tan densa aquel 19 de agosto de 1561 que apenas se distinguía la proa de la nave. No era una niebla poética, sino una bendición estratégica. A bordo, una joven de dieciocho años se aferraba al pasamanos, el salitre en el rostro, el frío calando los huesos. María Estuardo, reina de Escocia y exreina consorte de Francia, regresaba a la tierra que la había visto nacer, pero que no había conocido en trece años. La mayoría de la gente recuerda su trágico destino, su rivalidad con Isabel I. Pero pocos entienden que su retorno fue un acto de audacia casi suicida, un salto al vacío orquestado no tanto por la ambición como por la desesperación de sus consejeros franceses.

Durante más de una década, María había sido la joya de la corte de Francia, criada entre lujos y la sofisticación de Catalina de Médici. Su esposo, Francisco II, había muerto repentinamente, dejándola viuda y sin poder real en un país ajeno. Los Guisa, su poderosa familia materna, la vieron como una pieza prescindible en el tablero francés, pero invaluable para sus ambiciones católicas en el norte. La decisión de enviarla de vuelta a Escocia no fue una cálida bienvenida a casa, sino un frío cálculo geopolítico: una reina católica para un reino que, en su ausencia, se había vuelto furiosamente protestante.

Así, bajo el velo protector de la bruma, el pequeño séquito de María, apenas cuatro barcos, eludió a la flota inglesa que patrullaba el canal. Isabel I, la reina protestante de Inglaterra, veía en María una amenaza existencial, no solo por su fe, sino por su potente reclamo al trono inglés. Mientras María desembarcaba en Leith, el puerto de Edimburgo, el olor a pescado y turba reemplazaba el perfume de los jardines de Blois. No había una guardia de honor imponente, ni grandes multitudes. Solo unos pocos lores escoceses, en su mayoría protestantes, la esperaban, con una mezcla de curiosidad y abierta hostilidad. El Lord James Stewart, su hermanastro ilegítimo y líder protestante, ya ejercía el poder en su nombre.

María Estuardo, Reina de Escocia, Regresa a una Escocia Dividida — Scotland
Imagen: Alex Sanz · CC BY 2.0

Esa primera noche, el ruido de las gaitas y las canciones rústicas de bienvenida la mantuvieron despierta, un contraste brutal con las óperas de la corte francesa. El predicador calvinista John Knox no perdió el tiempo. Desde el púlpito de St. Giles, tronó contra la idolatría de la misa católica que María había restablecido en su capilla privada. Para Knox, la joven reina era una Jezabel, una amenaza para la pureza de la fe reformada. La ironía era palpable: la reina, educada para gobernar un imperio, se encontraba en un reino donde ni siquiera podía practicar su religión en paz sin provocar una revuelta.

María, que hablaba con un acento francés tan marcado que a muchos escoceses les sonaba incomprensible, llegó con la mentalidad de una monarca absoluta de la Europa continental a un país de señores feudales recalcitrantes y un clero reformado intransigente. No era solo una cuestión de fe; era un choque de cosmovisiones. Sus vestidos de seda y sus joyas no impresionaban a la nobleza escocesa, que valoraba el poder de la espada y la fidelidad al pacto protestante. Su regreso no fue un triunfo, sino el primer paso en un laberinto sin salida, una jaula de oro que se cerraría lentamente sobre ella, forjada por la niebla que la trajo y la implacable política que la esperó.

María Estuardo, Reina de Escocia, Regresa a una Escocia Dividida — Scotland
Imagen: CNG · CC BY-SA 3.0

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Mary, Queen of Scots

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