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Tecnología

Primer Pase de Televisión a Color Tiene Éxito

New York, USA

En el estudio 41 de CBS en Nueva York, a las 3:30 de la tarde del 22 de julio de 1951, cinco ingenieros sostenían la respiración mientras una imagen de flores rojas atravesaba un tubo de vacío y emergía en una pantalla, por primera vez en la historia estadounidense, completamente coloreada.

Veinticuatro horas antes, el mundo era blanco y negro. Literalmente. La televisión existía, sí, pero solo en tonos de gris: los informativos mostraban políticos en escala de grises, los westerns se desplegaban en grises, los rostros de los actores eran grises. Esto no era una limitación temporal que todos esperaban superar. Era la realidad asumida. Los ejecutivos de las redes de televisión hablaban del blanco y negro como si fuera una ley de la física, no una decisión de ingeniería. Millones de familias habían pagado por sus televisores creyendo que así sería siempre.

La tecnología de color existía desde hacía años, pero el problema era que no funcionaba con los televisores en blanco y negro ya instalados en las casas. Si CBS transmitía en color, los 10 millones de aparatos en funcionamiento simplemente no lo captarían. El mercado estaba congelado en gris por una razón económica tan pura como el hielo: nadie quería ser el primero en cambiar.

Lo que CBS demostró ese día en Nueva York ante los inspectores de la FCC fue algo distinto: compatibilidad. Un sistema de color que los televisores antiguos en blanco y negro podían recibir como blanco y negro, mientras que los nuevos aparatos lo verían en rojo, azul, verde. Era un truco elegante de ingeniería, una solución a un problema que parecía imposible. Utilizaban la misma banda de frecuencia, la misma infraestructura. Solo había que cambiar los tubos de imagen.

Pero aquí ocurre la ironía que nadie recuerda: aunque CBS ganó esa batalla técnica, perdió la guerra. La FCC aprobó un estándar de color diferente, desarrollado por RCA, que se convirtió en el sistema nacional. CBS vería su innovación rechazada en favor de un competidor. Los ingenieros de CBS habían resuelto perfectamente el problema equivocado, o quizás el problema correcto de la manera que el mercado no quería.

Lo que sí ocurrió fue más lento y extraño de lo que nadie anticipó. El color llegó a los hogares estadounidenses no como una revolución, sino como un lujo. Durante los siguientes quince años, los televisores en color costaban tres o cuatro veces más que los blancos y negros. La mayoría de las transmisiones seguían siendo en escala de grises. En 1965, menos del 5 por ciento de los hogares estadounidenses tenía un televisor en color.

Cuando finalmente llegó, no transformó la televisión de la noche a la mañana. Lo que hizo fue mucho más sutil: cambió lo que la gente estaba dispuesta a ver. Los anuncios publicitarios fueron los primeros en exigir color. Luego los deportes. Los políticos se dieron cuenta de que los colores importaban: Nixon en color era diferente a Nixon en gris. La realidad que veíamos en las pantallas no cambió porque la tecnología mejorara. Cambió porque los anunciantes y los políticos descubrieron que el color vendía mejor.

Aquella transmisión de CBS en julio de 1951, observada por un puñado de ingenieros y reguladores, fue técnicamente perfecta. Históricamente, fue irrelevante. El futuro que llegó no fue el que ellos construyeron.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/CBS color television

Guerra y conflicto

Batalla de Falkirk: Wallace Derrotado

Falkirk, Scotland

Batalla de Falkirk: Wallace Derrotado — Falkirk, Scotland
Imagen: Mike Young · Public domain

En julio de 1298, un ejército escocés de unos 12.000 hombres se despertó en el barro de Falkirk con la certeza de que ese día sería distinto. Llevaban casi una década luchando contra Inglaterra, desde que William Wallace emergiera de la nada para encabezar una rebelión que parecía imposible. Habían ganado en Stirling Bridge apenas dos años antes. Ahora, bajo un cielo gris que prometía lluvia, esperaban al rey Eduardo I y sus caballeros.

Lo que Wallace no sabía—lo que casi nadie supo hasta demasiado tarde—era que la llanura de Falkirk era exactamente el terreno que Edward I deseaba. Los ingleses traían 2.500 caballeros de guerra, máquinas vivientes de acero que pesaban casi media tonelada cada una. En campo abierto, estos no eran simplemente soldados mejor equipados. Eran una tecnología militar tan superior que las tácticas escocesas de infantería ligera se volvían casi irrelevantes.

Wallace había confiado en lo que lo había salvado antes: la disciplina de sus hombres a pie, formados en cuadrados cerrados llamados schiltrons, donde las lanzas largas formaban un erizo mortal que los caballos temían atravesar. En Stirling, el terreno pantanoso había neutralizado la ventaja de la caballería inglesa. Aquí, el suelo se secaba bajo sus pies. Los ingleses lo sabían. Habían esperado el momento justo.

Batalla de Falkirk: Wallace Derrotado — Falkirk, Scotland
Imagen: Mike Young · Public domain

La batalla, cuando llegó, fue casi un ejercicio de brutalidad mecánica. Los caballeros ingleses cargaron en oleadas, no contra los schiltrons frontalmente—eso habría sido suicida—sino alrededor de ellos, flanqueando, dispersando, rompiendo la formación. Cuando los escoceses intentaban reorganizarse, la caballería volvía. De los 12.000 escoceses que llegaron a Falkirk, alrededor de 6.000 cayeron. Los ingleses perdieron quizá 100.

Lo extraño no fue la derrota en sí. Lo extraño fue lo que sucedió después. Wallace desapareció del registro histórico durante siete años. Cuando reaparece, está siendo capturado en Londres, juzgado por traición, y ejecutado con una brutalidad que sugiere que Edward I estaba enviando un mensaje: esto es lo que les pasa a los hombres que osan desafiar al rey inglés.

Batalla de Falkirk: Wallace Derrotado — Falkirk, Scotland
Imagen: Tom Sargent · CC BY-SA 2.0

Pero aquí está la ironía que nadie ve venir: esa ejecución, ese espectáculo público y horrible en 1305, convirtió a Wallace en algo que ninguna victoria militar podría haberlo convertido. Lo convirtió en mártir. En símbolo. En la clase de idea que no puedes matar con una espada.

Edward I ganó en Falkirk. Ganó tan completamente que pasó los siguientes años conquistando Escocia, pensando que el problema estaba resuelto. Murió en 1307 creyendo que había ganado. Pero en 1314, apenas siete años después de su muerte, otro escocés—Robert the Bruce—vencería a los ingleses en Bannockburn, con tácticas que aprendió precisamente de los fracasos de Wallace. La independencia escocesa, que pareció morir en el barro de Falkirk, simplemente cambió de forma.

A veces la victoria y la derrota son cuestión de perspectiva. Y de cuánto tiempo estés dispuesto a esperar.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Battle of Falkirk (1298)

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