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Exploración

La tripulación del Apolo 11 regresa de la Luna a la Tierra

Pacific Ocean

La tripulación del Apolo 11 regresa de la Luna a la Tierra — Pacific Ocean
Imagen: Neil A. Armstrong · Public domain

El Columbia descendía a través de la atmósfera terrestre a una velocidad de 39 mil kilómetros por hora cuando el paracaídas principal se abrió con una sacudida que habría despedazado a cualquier cosa menos a un cuerpo de ingeniería humana. Era el 24 de julio de 1969, las 17:50 hora de Honolulu, y tres hombres que habían estado más lejos de la Tierra que cualquier ser vivo en la historia de la especie estaban a punto de mojarse.

Cuatro días antes, Neil Armstrong había puesto un pie en la Luna. Buzz Aldrin lo siguió. Michael Collins, quien no pisaría la Luna, orbitaba solo en el módulo de comando, esperando. Ahora los tres regresaban a través de un vacío negro en una lata de aluminio del tamaño de un automóvil, confiando en física que nadie había puesto realmente a prueba antes, en ecuaciones que existían solo en papel y en mentes de hombres que fumaban cigarrillos sin filtro mientras calculaban trayectorias.

Lo que hace este momento tan extraño no es que hayan llegado a la Luna. Es que nadie sabía realmente si podrían regresar.

La tripulación del Apolo 11 regresa de la Luna a la Tierra — Pacific Ocean
Imagen: NASA · Public domain

La carrera espacial había sido una carrera de apuestas crecientes. Los soviéticos lanzaron el Sputnik en 1957 y América se despertó con un pánico que recorría los huesos. Kennedy prometió la Luna en 1961, no porque fuera posible sino porque era imposible, y los americanos decidieron que imposible sonaba mejor que perder. Gastaron 25 mil millones de dólares, la cantidad que hoy equivaldría a 280 mil millones, para que tres hombres pasaran 21 horas en una roca gris sin aire.

Pero aquí está lo que nadie menciona: antes del Apollo 11, los humanos no sabían si el cuerpo podía sobrevivir al viaje de regreso. No sabían si los hombres enloqueceríamos en el espacio. No sabían si los pulmones se desplomarían. Había pruebas con monos, cálculos, simulaciones, pero en 1969, el margen de error entre éxito y desastre se medía en milisegundos.

La tripulación del Apolo 11 regresa de la Luna a la Tierra — Pacific Ocean
Imagen: NASA · Public domain

Armstrong, Aldrin y Collins descendieron en paracaídas hacia el océano Pacífico como si nada. Los buques de recuperación los encontraron en cuestión de minutos. Los sacaron del agua, los metieron en una tienda de cuarentena (por si traían bacterias lunares que transformaran a la humanidad en algo extraño), y tres semanas después, Armstrong estaba en una barbería en Los Ángeles como cualquier turista.

Esto es lo que cambió: antes del 24 de julio de 1969, viajar a otro mundo era un sueño de ciencia ficción. Después, era una cosa que habían hecho. No era fácil. No era barato. Pero era posible. Y eso transformó algo fundamental en la imaginación humana. No en lo que podíamos hacer, sino en lo que podíamos imaginar que era posible hacer.

Lo irónico es que después de esto, durante 50 años, nadie volvió a la Luna. Gastamos toda esa energía, toda esa inteligencia, toda esa audacia, para demostrar que se podía hacer. Y luego decidimos no hacerlo de nuevo.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Apollo 11

Tecnología

Jethro Tull patenta la sembradora mecánica, revolucionando la agricultura

England

Jethro Tull patenta la sembradora mecánica, revolucionando la agricultura — England
Imagen: Unknown authorUnknown author · Public domain

Un granjero inglés metió una semilla en una máquina y el mundo nunca volvió a sembrar igual. Jethro Tull no inventó la agricultura—llevaba milenios existiendo—pero sí inventó el modo de hacerla dejar de ser un acto de fe ciega.

Antes de 1701, sembrar era un oficio de adivinanza. Los campesinos arrojaban semillas al voleo sobre la tierra removida, esperando que cayeran en el lugar correcto, con la profundidad correcta, espaciadas de forma que germinarían sin ahogarse mutuamente. Muchas semillas se perdían. Muchas brotaban demasiado juntas. El desperdicio era colosal—de cada puñado de granos lanzados, quizá la mitad llegaba a producir una cosecha útil. Era como tirar dinero a la tierra y esperar que creciera.

Tull, un inglés de Oxfordshire obsesionado con la mecánica agrícola, diseñó un artilugio que parecía sacado de un reloj: la sembradora mecánica. Una máquina tirada por caballo que abría surcos en la tierra, depositaba semillas a intervalos precisos y regulares, y luego las cubría. Por primera vez en la historia, la siembra dejó de ser un acto de suerte. Dejó de ser un arte. Se convirtió en ingeniería.

Jethro Tull patenta la sembradora mecánica, revolucionando la agricultura — England
Imagen: MalcolmGould · CC BY 3.0

Los resultados fueron obscenos. Los campesinos que adoptaron la máquina redujeron el desperdicio de semillas en un 75 por ciento. Eso no suena revolucionario hasta que lo calculas: si una aldea sembraba 100 celemines de trigo antes, ahora solo necesitaba 25. El grano sobrante podía venderse, alimentar más personas, multiplicar ganancias. Una sola máquina liberaba recursos en cascada.

Pero aquí está lo que raramente se menciona: la sembradora de Tull tardó décadas en propagarse. Los campesinos desconfiaban. Los terratenientes eran conservadores. Los caballos que la tiraban costaban dinero. Pasaron treinta años antes de que la máquina fuera común en el sur de Inglaterra; pasaron cien años antes de que transformara el continente. Tull patentó su invención en 1701. Cuando murió en 1741, la mayoría de Europa todavía sembraba como lo había hecho su bisabuelo.

Jethro Tull patenta la sembradora mecánica, revolucionando la agricultura — England
Imagen: Jethro Tull · Public domain

Y sin embargo, cuando la sembradora finalmente se adoptó a mediados del siglo XVIII, el impacto fue sísmico. Menos tierra necesaria para producir más comida. Menos personas necesarias en los campos. Mano de obra liberada para las ciudades. Ciudades que crecieron. Fábricas que necesitaban trabajadores. Trabajadores que necesitaban máquinas más complejas. Máquinas que necesitaban ingenieros. Ingenieros que necesitaban escuelas. Este es el hilo que conecta una sembradora inglesa con la Revolución Industrial.

Tull murió sin saber que había plantado algo mucho más importante que semillas. Había plantado la idea de que la agricultura podía ser racional, medible, mejorable. Que el trabajo humano podía ser reemplazado por máquinas, y que eso era bueno. La ironía perfecta: un hombre que quería alimentar mejor al mundo aceleró la transformación que sacaría a millones de personas del campo para siempre.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Jethro Tull (agriculturist)

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