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Guerra y conflicto

Los visigodos finalizan el saqueo de Roma de tres días

Rome, Roman Empire

Los visigodos finalizan el saqueo de Roma de tres días — Rome, Roman Empire
Imagen: Joseph-Noël Sylvestre · Public domain

A las 6 de la mañana de un día cualquiera, pero especialmente un día como el 24 de agosto del año 410, la Puerta Salaria se abrió. No por un centinela soñoliento, sino por la mano de una esclava que, según el historiador Procopio, actuó por despecho o por compasión. Alarico, rey de los visigodos, y sus aproximadamente 40.000 guerreros, entre ellos 12.000 visigodos y miles de hunos y desertores, no esperaban la entrada, la tomaron. Roma, la Ciudad Eterna, cuya última muralla había sido violada por un enemigo exterior hacía 800 años, se encontraba de nuevo vulnerable.

Los visigodos no arrasaron la ciudad hasta los cimientos; Alarico no era un bárbaro sin estrategia. Sus hombres, hambrientos y con la promesa de botín tras meses de asedio, saquearon durante tres días. Se estima que 17.000 libras de oro y 30.000 libras de plata, además de vestimentas de seda y especias exóticas, fueron arrancadas de templos, palacios y hogares. Las cifras de bajas civiles directas son difíciles de cuantificar, pero miles de personas fueron capturadas para ser vendidas como esclavos, añadiendo a la ya precaria situación demográfica de una ciudad que había visto su población disminuir de más de 1 millón en su apogeo a quizás 400.000 en el siglo V.

Alarico había intentado negociar previamente, solicitando 5.000 libras de oro, 30.000 libras de plata, 4.000 túnicas de seda, 3.000 pieles teñidas de escarlata y 3.000 libras de pimienta como rescate para levantar el asedio. Cuando el prefecto romano Prisco Átalo le preguntó qué le quedaría a Roma, Alarico respondió con una línea que resonaría por siglos: "¡La vida!". Los romanos, en su arrogancia, lo rechazaron, pensando que sus fortificaciones, con muros de hasta 12 metros de altura, eran inexpugnables. Quizás el error más grande fue creer que el problema era Alarico, y no el hambre que carcomía sus propias entrañas.

Los visigodos finalizan el saqueo de Roma de tres días — Rome, Roman Empire
Imagen: Shepherd, William R. · Public domain

El saqueo del 410 no fue una masacre indiscriminada. Las basílicas de San Pedro y San Pablo, utilizadas como santuarios, fueron respetadas en gran medida, una concesión inusual para la época que subraya la cristianización de Alarico y sus tropas, al menos superficialmente. Sin embargo, los barrios más ricos no tuvieron tanta suerte. El Foro Romano, símbolo de mil años de poder, fue despojado de sus tesoros. El impacto psicológico fue demoledor. San Jerónimo, al enterarse de la noticia en Belén, escribió: "La luz del mundo se ha extinguido". Una exageración poética, sí, pero que capturaba la sensación de un fin de era.

Cuando los visigodos finalmente se retiraron el 27 de agosto, llevándose consigo a Galla Placidia, hermana del emperador Honorio, como rehén, dejaron tras de sí una ciudad materialmente empobrecida y anímicamente destrozada. Pero el daño más profundo no fue el oro robado ni los edificios dañados, sino la herida a la psique romana, la demostración brutal de que ni siquiera la capital del imperio más grande del mundo era invulnerable. Roma ya no era el centro del poder, ni siquiera del imperio occidental, cuya capital se había trasladado a Rávena en el 402. La Ciudad Eterna había caído, pero no por la fuerza imparable de un enemigo externo, sino por la corrosión interna de la desunión, la corrupción y una fe ciega en murallas de piedra que no podían detener el hambre, ni el resentimiento, ni la desesperación.

Los visigodos finalizan el saqueo de Roma de tres días — Rome, Roman Empire
Imagen: Photographed by User:Bullenwächter · CC BY-SA 3.0

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Sack of Rome (410)

Política y Estado

Rusia y la China Qing firman el Tratado de Nerchinsk

Nerchinsk, Russia

Rusia y la China Qing firman el Tratado de Nerchinsk — Nerchinsk, Russia
Imagen: CIA · Public domain

La delegación rusa, tras meses de penurias y un viaje que haría palidecer a cualquier aventurero moderno, llegó a Nerchinsk en el verano de 1689. Su líder, Fiódor Golovin, un hombre de cuarenta y tantos años con la diplomacia grabada en cada gesto, se enfrentaba a una tarea monumental. Su contraparte, Songgotu, tío materno del emperador Kangxi y el hombre más poderoso de la corte Qing después del propio monarca, esperaba con una comitiva que empequeñecía a la de Golovin, no solo en número, sino en la sutil exhibición de poder que el Imperio Celestial dominaba a la perfección. No era un simple apretón de manos; era un duelo de voluntades en el confín del mundo conocido.

Era el 27 de agosto de 1689 cuando, entre el humo de las pipas de tabaco y el zumbido de los mosquitos siberianos, se firmó el Tratado de Nerchinsk. Este documento, que definiría la frontera entre dos imperios titánicos por los siguientes 150 años, se gestó en un ambiente de desconfianza mutua y profunda incomprensión cultural. Los rusos, agotados, mal equipados y superados en número (se rumoreaba que Songgotu había traído unos diez mil soldados, frente a los apenas mil quinientos de Golovin), se encontraban en una posición negociadora precaria. Su principal baza era el río Amur, una arteria vital para sus ambiciones expansionistas que los Qing, sin embargo, veían como una amenaza directa a Manchuria, la cuna de su dinastía.

El verdadero arte en esta mesa de negociaciones no lo ejercieron los generales ni los burócratas, sino un par de jesuitas: el portugués Thomas Pereira y el francés Jean-François Gerbillon. Estos hombres, que habían cruzado continentes en nombre de la fe, se encontraron de repente traduciendo entre el manchú, el latín y el ruso, con el chino de por medio como lengua franca. Sus agendas personales y su deseo de mantener el favor de Kangxi no debieron de ser menores que su vocación de mediadores. Imagínense el reto: transmitir sutilezas legales y aspiraciones imperiales a través de capas de traducción, donde cada palabra mal elegida podía significar un conflicto o una concesión desastrosa. Uno se pregunta cuánta de la “voluntad imperial” de ambos lados fue, en realidad, la interpretación particular de estos clérigos. ¿Un puente cultural o un par de titiriteros muy bien posicionados?

Los rusos, que habían establecido fuertes a lo largo del Amur, se vieron obligados a ceder la mayor parte de sus ganancias territoriales. Albazín, su asentamiento más audaz y estratégico, fue demolido y sus habitantes, en un giro sorprendente, fueron reubicados. Algunos de estos colonos, acostumbrados a la vida en la frontera, optarían por el servicio militar Qing, integrándose en las fuerzas de Kangxi, un detalle que añade una capa de ironía al concepto de “frontera” de la época. ¿Qué tan firme puede ser un límite si tus propios ciudadanos cambian de bandera con la misma facilidad con la que cambian de aldea?

Rusia y la China Qing firman el Tratado de Nerchinsk — Nerchinsk, Russia
Imagen: Jean Baptiste Bourguignon d'Anville · Public domain

El tratado no solo delimitó un espacio geográfico, sino que también abrió tímidamente las puertas al comercio. Las caravanas rusas, cargadas de pieles y metales, podrían ahora aventurarse en el Imperio Qing, un intercambio tan lucrativo como incierto. El Amur, que había sido el epicentro del conflicto, se convirtió en una zona de contención, su curso superior y la región del Argun marcando una frontera que, aunque imprecisa en muchos tramos, ofreció una tregua necesaria. La línea de demarcación se basó más en accidentes geográficos –ríos y montañas– que en un levantamiento topográfico preciso, lo que, por supuesto, garantizó futuras disputas. La diplomacia, al fin y al cabo, es el arte de posponer los problemas.

Golovin regresó a Moscú, presentado como un héroe, aunque su “victoria” había sido la de ceder terreno para asegurar la paz y el comercio. Songgotu, por su parte, consolidó su poder, al menos por un tiempo, antes de caer en desgracia años más tarde por las intrigas de la corte. Y los jesuitas, esos discretos arquitectos de la diplomacia transcultural, continuaron su labor, sus servicios indispensables en un mundo que apenas comenzaba a comprenderse. Al final, lo que se firmó en Nerchinsk no fue tanto un final como un complicado y polvoriento preámbulo a siglos de relaciones entre dos gigantes, escrito en un rincón remoto por hombres que hablaban idiomas diferentes y, posiblemente, soñaban sueños aún más dispares.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Treaty of Nerchinsk

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