Los visigodos finalizan el saqueo de Roma de tres días
Rome, Roman Empire
A las 6 de la mañana de un día cualquiera, pero especialmente un día como el 24 de agosto del año 410, la Puerta Salaria se abrió. No por un centinela soñoliento, sino por la mano de una esclava que, según el historiador Procopio, actuó por despecho o por compasión. Alarico, rey de los visigodos, y sus aproximadamente 40.000 guerreros, entre ellos 12.000 visigodos y miles de hunos y desertores, no esperaban la entrada, la tomaron. Roma, la Ciudad Eterna, cuya última muralla había sido violada por un enemigo exterior hacía 800 años, se encontraba de nuevo vulnerable.
Los visigodos no arrasaron la ciudad hasta los cimientos; Alarico no era un bárbaro sin estrategia. Sus hombres, hambrientos y con la promesa de botín tras meses de asedio, saquearon durante tres días. Se estima que 17.000 libras de oro y 30.000 libras de plata, además de vestimentas de seda y especias exóticas, fueron arrancadas de templos, palacios y hogares. Las cifras de bajas civiles directas son difíciles de cuantificar, pero miles de personas fueron capturadas para ser vendidas como esclavos, añadiendo a la ya precaria situación demográfica de una ciudad que había visto su población disminuir de más de 1 millón en su apogeo a quizás 400.000 en el siglo V.
Alarico había intentado negociar previamente, solicitando 5.000 libras de oro, 30.000 libras de plata, 4.000 túnicas de seda, 3.000 pieles teñidas de escarlata y 3.000 libras de pimienta como rescate para levantar el asedio. Cuando el prefecto romano Prisco Átalo le preguntó qué le quedaría a Roma, Alarico respondió con una línea que resonaría por siglos: "¡La vida!". Los romanos, en su arrogancia, lo rechazaron, pensando que sus fortificaciones, con muros de hasta 12 metros de altura, eran inexpugnables. Quizás el error más grande fue creer que el problema era Alarico, y no el hambre que carcomía sus propias entrañas.
El saqueo del 410 no fue una masacre indiscriminada. Las basílicas de San Pedro y San Pablo, utilizadas como santuarios, fueron respetadas en gran medida, una concesión inusual para la época que subraya la cristianización de Alarico y sus tropas, al menos superficialmente. Sin embargo, los barrios más ricos no tuvieron tanta suerte. El Foro Romano, símbolo de mil años de poder, fue despojado de sus tesoros. El impacto psicológico fue demoledor. San Jerónimo, al enterarse de la noticia en Belén, escribió: "La luz del mundo se ha extinguido". Una exageración poética, sí, pero que capturaba la sensación de un fin de era.
Cuando los visigodos finalmente se retiraron el 27 de agosto, llevándose consigo a Galla Placidia, hermana del emperador Honorio, como rehén, dejaron tras de sí una ciudad materialmente empobrecida y anímicamente destrozada. Pero el daño más profundo no fue el oro robado ni los edificios dañados, sino la herida a la psique romana, la demostración brutal de que ni siquiera la capital del imperio más grande del mundo era invulnerable. Roma ya no era el centro del poder, ni siquiera del imperio occidental, cuya capital se había trasladado a Rávena en el 402. La Ciudad Eterna había caído, pero no por la fuerza imparable de un enemigo externo, sino por la corrosión interna de la desunión, la corrupción y una fe ciega en murallas de piedra que no podían detener el hambre, ni el resentimiento, ni la desesperación.