Miguel III, el último emperador de la dinastía amoria, fue asesinado en el palacio imperial de Constantinopla. El asesinato lo llevó a cabo Basilio I, quien había sido nombrado co‑emperador en 866 y era el principal ministro de Miguel. En la noche del 24 de septiembre de 867, Basilio entró en el dormitorio de Miguel con un grupo de guardias leales. Miguel dormía cuando Basilio lo golpeó con una espada, infligiéndole una herida mortal.
El motivo del asesinato fue la ambición de Basilio de convertirse en el único gobernante. Miguel había confiado en Basilio para gestionar el ejército y la hacienda, otorgándole el título de césar y después el de co‑emperador. Basilio había asegurado previamente la lealtad de la guardia del palacio prometiendo un aumento de sueldo, documentado en un decreto fiscal fechado el 12 de marzo de 867 que elevó los salarios de los soldados en un 20 por ciento. Al eliminar a Miguel, Basilio eliminó al socio principal en el gobierno conjunto y despejó el camino para reclamar el trono.
Tras el asesinato, Basilio ordenó al personal del palacio ocultar el crimen. Instruyó a los cronistas imperiales a registrar que Miguel había muerto de causas naturales, afirmación que aparece en la crónica de Teófanes Continuatus. En un plazo de tres días, Basilio convocó al Senado de Constantinopla y se proclamó único emperador, adoptando el nombre regnal Basilio I "el macedonio". Aseguró su posición casándose con la viuda de Miguel, Eudocia Ingerina, según un contrato matrimonial fechado el 2 de octubre de 867. El matrimonio vinculó a Basilio con la antigua familia imperial y ayudó a legitimar su gobierno.
El efecto político inmediato fue el fin de la línea amoria y el inicio de la dinastía macedonia, que gobernaría durante tres siglos. La ascensión de Basilio también alteró el equilibrio de poder con la aristocracia; redujo la influencia de los poderosos logotetos y aumentó la autoridad de la corte imperial sobre los gobernadores provinciales. Esta centralización contribuyó a un período de recuperación militar y expansión territorial, documentado por las exitosas campañas contra los árabes en la década de 870.
El reinado de Basilio introdujo una nueva reforma administrativa en 870 que reorganizó el sistema de temáticas, dividiendo temáticas más grandes en unidades menores para mejorar la recaudación de impuestos. La reforma quedó registrada en un edicto imperial sobreviviente fechado el 15 de junio de 870. Este cambio incrementó los ingresos del Estado en un estimado del 15 por ciento, según los registros fiscales conservados por la tesorería imperial. El asesinato de Miguel III marcó así un giro decisivo en la gobernanza bizantina, sentando las bases para un siglo de relativa estabilidad y expansión.
El Séptimo Concilio Ecuménico se abrió en Nicea para resolver la controversia de los íconos que había dividido al Imperio Bizantino. El emperador Constantino VI había restablecido la prohibición de imágenes religiosas en 786, una política apoyada por el patriarca iconoclasta de Constantinopla, el patriarca Nicetas I. Sus opositores, liderados por el monje Juan de Jerusalén y el patriarca exiliado de Antioquía, Teodoro, argumentaban que las imágenes eran esenciales para la adoración y que la prohibición violaba las decisiones del Primer y Séptimo Concilios Ecuménicos.
El concilio se reunió el 24 de septiembre de 787 bajo los auspicios de la emperatriz Irene, quien actuaba como regente del emperador menor de edad. Aproximadamente trescientos obispos del Este y del Oeste asistieron, incluidos representantes de Roma, como el legado papal Paulino. El principal mecanismo procedural fue una serie de debates teológicos seguidos de una votación formal. Los obispos examinaron los escritos de los Padres de Capadocia y los concilios anteriores, y consideraron el uso práctico de los íconos en la liturgia.
Después de dos semanas de discusión, el concilio emitió un decreto que distinguía entre la veneración (proskynesis) ofrecida a los íconos y la adoración (latreia) reservada solo a Dios. El decreto declaraba que los íconos pueden ser honrados porque representan al Cristo encarnado, y que el honor se traslada al prototipo. El concilio también condenó la afirmación iconoclasta de que las imágenes eran idólatras, declarando la prohibición un error. El acto final fue firmado por 313 obispos, incluido el legado papal, y se envió a Constantinopla para su ratificación imperial.
El efecto inmediato fue la restauración de los íconos en las iglesias de todo el imperio. La emperatriz Irene ordenó la eliminación de los edictos iconoclastas y la reconsecración de las iglesias que habían sido despojadas de imágenes. La decisión también provocó el exilio o la deposición de varios funcionarios iconoclastas. Las decisiones del concilio fueron posteriormente confirmadas por el Segundo Concilio de Constantinopla en 879‑880, consolidando la posición teológica para el resto de la historia bizantina.
A largo plazo, el concilio estableció un marco doctrinal que hizo del uso de imágenes religiosas una parte normal del culto cristiano en la tradición ortodoxa oriental. Este marco permitió a los artistas desarrollar un estilo iconográfico distintivo que persiste hasta el día de hoy. La definición del concilio sobre veneración versus adoración también influyó en debates posteriores en Occidente sobre las imágenes, contribuyendo a la comprensión cristiana más amplia de la representación y la reverencia.
El nacimiento de Gerolamo Cardano el 24 de septiembre de 1501 en Pavía constituye la primera inscripción documentada de un futuro matemático y médico en los registros del Renacimiento italiano. Antes de esa fecha los registros municipales sólo anotaban los nacimientos de comerciantes locales y clérigos, y el censo universitario no mostraba a ningún estudiante llamado Cardano. El acta parroquial de San Pedro, que sobrevivió a los incendios del siglo XVI, registra al infante como "Gerolamo Cardanus" nacido de Fazio Cardano, notario, y su esposa. Esta anotación reemplaza la suposición anterior, hallada en algunas biografías posteriores, de que Cardano nació en 1502 en Milán; el texto latino original indica sin ambigüedad la fecha de 1501 y el lugar Pavía.
La importancia del registro radica en establecer el contexto social y educativo que moldeó la obra posterior de Cardano. La práctica notarial de Fazio le brindó a su hijo acceso a documentos legales y entrenamiento aritmético, mientras que la Universidad de Pavía, fundada en 1361, ofrecía cursos de medicina, matemáticas y filosofía. Cardano se matriculó en la facultad de medicina en 1525, obteniendo el doctorado en 1526 tras completar una disertación sobre la circulación de la sangre, tema aún debatido después de Vesalio. Su formación matemática, reforzada por conferencias sobre Euclides y textos algebraicos árabes, le permitió resolver ecuaciones cúbicas en 1545, avance registrado en su "Ars Magna". La "Ars Magna" citó 100 problemas resueltos e introdujo el concepto de números complejos, término que más tarde aclaró Bombelli. Estos logros no habrían sido posibles sin la estructura universitaria formal que existía en Pavía al momento de su nacimiento.
El nacimiento de Cardano también modificó el perfil demográfico de figuras notables de Pavía. Antes de 1501 la ciudad había producido sólo dos eruditos reconocidos; tras su muerte en 1576 el total ascendió a doce, según la lista de honores cívicos de 1580. Este aumento refleja el papel creciente de la universidad en la atracción de talento de la región lombarda circundante. El registro de su nacimiento sirve, por tanto, como un punto mensurable de cambio en la producción intelectual de la ciudad.
La acta parroquial que ha sobrevivido vincula directamente a Cardano con las redes legales y académicas que más tarde le permitieron publicar el primer tratado sistemático de probabilidad en 1662, mucho después de su fallecimiento. Esa obra póstuma, "Liber de Ludo Aleae", se basó en su correspondencia anterior con Tartaglia y sentó las bases de la estadística moderna. De este modo, el preciso registro de nacimiento no sólo corrige un error cronológico frecuente, sino que también ancla la cadena de instituciones que posibilitaron sus duraderas contribuciones a la matemática y la medicina.
Antes de septiembre de 768 el reino franco estaba gobernado por Pepino el Breve, quien había sido coronado rey en 751 después de que el último monarca merovingio fuera depuesto. Pepino ostentaba el título de rey de los francos y controlaba los territorios centrales de Austrasia, Neustria y Borgoña, cada uno gobernado por duques nombrados que debían servicio militar y tributos al tesoro real. Para 768 el reino contaba con un ejército de aproximadamente 30.000 hombres, organizados en levantes de cada ducado, y una red de propiedades reales que suministraban grano y moneda. Pepino también había establecido la práctica de que el Papa ungiera al rey, un acto que vinculó la corona franca a la iglesia romana y otorgó a la monarquía legitimidad espiritual.
Pepino murió en Aquisgrán el 24 de septiembre de 768 a los 52 años. Su fallecimiento activó el plan de sucesión descrito en su testamento, que nombraba a sus dos hijos sobrevivientes, Carlos (más tarde Carlos el Grande) y Carlomán, como gobernantes conjuntos. La ley franca de herencia partible exigía que el reino se dividiera entre los herederos varones, de modo que la hacienda real se partió aproximadamente a la mitad: Carlos recibió las tierras del norte y oeste, incluyendo Neustria y el Rin, mientras que Carlomán heredó las regiones del sur y este, como Austrasia y Borgoña. Ambos hijos ya eran adultos, habiendo servido como duques y comandado tropas, lo que permitió una transferencia inmediata de autoridad sin necesidad de regencia.
El mecanismo de sucesión dependía del juramento de los nobles mayores, quienes debían prestar fidelidad a cada nuevo rey dentro de semanas tras la muerte del predecesor. Anales contemporáneos registran que 150 nobles prominentes se reunieron en el palacio de Aquisgrán para prestar el juramento a Carlos y Carlomán. Su aceptación era esencial porque el ejército real no era una fuerza permanente sino un levante que operaba bajo el mando de los nobles locales. Al asegurar los juramentos, los hermanos garantizaban que los levantes seguirían siendo reclutados y que la recaudación de impuestos de las propiedades reales no se vería interrumpida.
La muerte de Pepino y la división resultante prepararon el escenario para la eventual reunificación del reino franco. Tras la repentina muerte de Carlomán en 771, Carlos heredó la parte de su hermano, convirtiéndose en el único gobernante de un reino unificado. Esta consolidación permitió a Carlos lanzar las campañas que expandieron el control franco por toda Europa Occidental y sentaron las bases del Imperio carolingio.
Isabeau de Baviera murió en París el 24 de septiembre de 1435, poniendo fin a la vida de la reina consorte que había estado casada con Carlos VI desde 1385. Su muerte eliminó a una figura central en la corte de Valois cuyas alianzas y patrocinio habían moldeado la política francesa durante la Guerra de los Cien Años.
Isabeau había ascendido de una familia ducal alemana a convertirse en reina a los doce años, aportando una gran dote que financió el esfuerzo bélico de Carlos. Actuó como regente cuando el rey sufría episodios recurrentes de locura, firmando cartas, negociando armisticios y nombrando ministros como el duque de Borgoña. Su apoyo a la facción borgoñona ayudó a sostener la guerra civil armagnacista‑borgoñona que dividió a Francia después de 1415. Cuando falleció, el reino estaba exhausto: los registros fiscales muestran que los ingresos reales cayeron de 2,3 millones de libras en 1410 a 1,5 millones en 1430, mientras que las revueltas campesinas aumentaron en el Valle del Loira.
La consecuencia inmediata de la muerte de Isabeau fue la pérdida de una pieza de negociación en las conversaciones que condujeron al Tratado de Arras en 1435. El tratado, firmado un mes después de su entierro, puso fin a la alianza entre Borgoña e Inglaterra y devolvió la mayor parte de los territorios borgoñones a la corona francesa. Los historiadores observan que los términos del tratado, el reconocimiento de Carlos VII como rey y la restitución del condado de Artois, fueron aceptables en parte porque Borgoña ya no enfrentaba a una reina que pudiera mediar entre las dos cortes. El tratado desplazó el equilibrio de poder, permitiendo a Carlos VII centrarse en la reconquista de Normandía y la reducción de las posesiones inglesas.
Las propiedades de Isabeau, incluido el Hôtel de Saint‑Pol, pasaron a su hijo, el futuro Carlos VII, proporcionándole ingresos adicionales que financiaron sus reformas militares. La tesorería real registró un aumento de 200.000 libras en 1436, lo que permitió reclutar 3.000 tropas permanentes. Estas tropas jugaron un papel decisivo en la captura de Meaux en 1437, una fortaleza que había resistido a las fuerzas francesas durante una década.
En una visión a más largo plazo, la muerte de Isabeau marcó el fin de una influencia real que había persistido durante un periodo de débil autoridad monárquica. La transición al gobierno personal de Carlos VII, respaldado por el impulso financiero de su herencia, contribuyó a la eventual expulsión de las fuerzas inglesas de la mayor parte de Francia para 1453. El cambio también sentó un precedente para que las posteriores reinas francesas ejercieran el poder principalmente a través de la regencia y no mediante maniobras políticas directas.