El general Charles Cornwallis rindió su ejército el 19 de octubre de 1781, poniendo fin al asedio decisivo en Yorktown. La rendición siguió a una operación coordinada en la que el Ejército Continental bajo el general George Washington y el Ejército francés liderado por el general conde de Rochambeau obligaron a los británicos a un perímetro defensivo en el río York. Desde el 28 de septiembre hasta el 17 de octubre los aliados desplegaron 15 000 tropas, 60 piezas de artillería y un bloqueo naval que impidió cualquier reabastecimiento de la flota británica en Nueva York. La guarnición británica comprendía alrededor de 8 000 regulares y 2 000 milicianos leales, mientras que la flota francesa bajo el almirante de Grasse aportó 12 buques de línea que bloquearon la bahía de Chesapeake.
El mecanismo crítico fue la superioridad naval francesa que atrapó a las fuerzas de Cornwallis. La flota de de Grasse derrotó a un escuadrón de alivio británico en la Batalla de la bahía de Chesapeake el 5 de septiembre, eliminando cualquier posibilidad de escape marítimo. Con el río sellado, la artillería aliada bombardeó los redobles británicos el 14 de octubre, creando una brecha que obligó a Cornwallis a negociar. Los términos de la rendición exigieron que los británicos depusieran las armas, devolvieran todas las armas y almacenaran sus efectos personales en un depósito designado. Cornwallis firmó los Artículos de Capitulación el 19 de octubre, y sus tropas marcharon fuera el 20 de octubre.
Se registraron 300 soldados estadounidenses y franceses muertos, 1 200 heridos, mientras que las pérdidas británicas fueron 500 muertos y 1 200 heridos. La rendición influyó directamente en la decisión del gobierno británico de iniciar negociaciones de paz, que llevaron al Tratado de París firmado el 3 de septiembre de 1783. El tratado reconoció la independencia de las trece colonias anteriores, les concedió territorio hasta el río Mississippi y devolvió Florida a España. En los Estados Unidos la victoria consolidó la reputación de Washington, ayudó a asegurar el apoyo financiero francés y animó al nuevo Congreso a adoptar un gobierno central más fuerte bajo la Constitución de 1787.
Para Gran Bretaña la pérdida provocó un cambio estratégico hacia la retención de Canadá y el Caribe, mientras que el costo de la guerra contribuyó a una deuda nacional que impulsó reformas fiscales bajo el primer ministro William Pitt. En Francia la costosa expedición profundizó la crisis fiscal que más tarde estalló en la Revolución Francesa de 1789. La capitulación de Yorktown marcó, por tanto, el fin de los combates mayores en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos y puso en marcha cambios políticos y económicos que moldearon el mundo atlántico durante décadas.
El factor decisivo detrás de la pretensión de Wu Zetian al trono fue la eliminación de la línea imperial Tang de la sucesión, una medida orquestada semanas antes de la proclamación formal. En 689 el emperador Ruizong fue obligado a abdicar bajo la presión de los aliados de Wu en la corte, y el joven príncipe Li Dan fue puesto bajo arresto domiciliario, eliminando cualquier pretendiente masculino inmediato. Esta purga preventiva a menudo se omite en los relatos populares que presentan el cambio como una ambición personal repentina.
La proclamación del 17 de octubre de 690 no fue una declaración espontánea sino la culminación legal de una serie de edictos que redefinieron el título imperial. Wu emitió un edicto imperial declarando que el Mandato del Cielo se había transferido a ella, y adoptó el nombre dinástico Zhou para señalar una ruptura con la anterior línea Tang. El edicto obligó a todos los gobernadores provinciales a registrar el nuevo nombre de era, re‑marcando efectivamente toda la burocracia en cuestión de semanas. La maquinaria administrativa, ya acostumbrada a emitir decretos imperiales, simplemente sustituyó el sello del emperador Tang por el sello de Wu, mostrando cómo la estructura burocrática existente facilitó la transición.
Figuras clave en el proceso incluyeron a la propia Wu Zetian, quien redactó los edictos y dirigió a los funcionarios de la corte, y al canciller Zhang Jianzhi, que inicialmente se opuso a ella pero luego fue forzado a respaldar la proclamación después de que miembros de su familia fueran detenidos. El comandante militar Li Jingye, que lideró una breve rebelión más tarde ese año, suele citarse como un gran opositor, sin embargo sus fuerzas contaban apenas con unos 5 000 hombres y fueron derrotadas en un mes, demostrando la limitada resistencia al cambio.
La nueva dinastía Zhou duró hasta 705, cuando el hijo de Wu restauró el nombre Tang tras su muerte. Durante el período Zhou Wu introdujo reformas como el sistema de exámenes imperiales para mujeres y amplió la función pública, lo que incrementó la representación de familias de bajo estatus en el gobierno. Estas reformas persistieron después de la restauración Tang, indicando que la interrupción de Wu tuvo efectos institucionales duraderos más allá del cambio simbólico de nombre.
La consecuencia inmediata de la proclamación fue la consolidación del poder en manos de Wu, permitiéndole gobernar como la única emperadora en la historia de China y aplicar políticas que remodelaron la burocracia. El impacto a más largo plazo fue la legitimación de la autoridad política femenina, un precedente que influyó en debates dinásticos posteriores sobre género y gobierno.
Johannes Kepler, un matemático imperial de 32 años en Praga, registró una nueva estrella que apareció en la constelación de Ofiuco. El 17 de octubre de 1604 anotó el repentino brillo del objeto, su posición respecto a estrellas conocidas y su rápido aumento de magnitud. La observación de Kepler fue el primer registro sistemático de una explosión estelar que luego se demostró ser una supernova, desafiando la visión aristotélica predominante de que los cielos eran inmutables.
Antes de 1604, los astrónomos europeos aceptaban que no podían formarse nuevas estrellas por encima de la atmósfera terrestre. El desafío más reciente había sido la supernova de Tycho Brahe de 1572, pero muchos eruditos todavía argumentaban que se trataba de un fenómeno planetario. Kepler consultó los informes anteriores de Tycho y comparó la curva de brillo de la nueva estrella con esos datos. Midió la luz con un tubo de observación simple y una escala calibrada, anotando que el objeto alcanzó una magnitud máxima de aproximadamente –3, más brillante que Venus, y luego se desvaneció durante meses. Su registro detallado, conservado en un cuaderno ahora conocido como la "Crónica Kepleriana", proporcionó la base cuantitativa para que astrónomos posteriores identificaran el evento como una verdadera supernova.
Kepler no estuvo solo en el esfuerzo. Su asistente, el joven astrónomo Wilhelm Schickard, ayudó a preparar los instrumentos de observación y transcribió las entradas nocturnas. El astrónomo de la corte imperial, Michael Maestlin, revisó los datos de Kepler y confirmó que el movimiento del objeto difería de cualquier planeta conocido. El estudioso jesuita Christopher Clavius, escribiendo desde el observatorio romano, correspondió con Kepler y transmitió los hallazgos a otros eruditos de toda Europa, difundiendo el informe más allá del Sacro Imperio Romano Germánico.
La importancia del registro de Kepler radica en su impacto en la cosmología. Al proporcionar mediciones precisas de un evento celestial que alteró los cielos, Kepler ofreció apoyo empírico a la visión emergente de que el universo podía cambiar. Esta evidencia contribuyó a la aceptación gradual de la idea de que los cielos estaban sujetos a las mismas leyes físicas que la Tierra, premisa que más tarde resultó esencial para la teoría de la gravitación universal de Newton.
Kepler publicó sus observaciones en el panfleto "De Stella Nova" en 1606, donde argumentó que la supernova era un cuerpo distante y luminoso que experimentaba una violenta explosión. El panfleto se difundió ampliamente, influyendo en astrónomos como Johannes Hevelius y conduciendo eventualmente a la clasificación de las supernovas como una clase distinta de fenómenos estelares.
El gobierno de la Commonwealth que había condenado a muerte al rey Carlos I fue abolido el 29 de mayo de 1660, cuando Carlos II fue restaurado al trono. La nueva administración real heredó una lista de 59 hombres que habían firmado la orden de muerte de 1649, conocidos como regicidas. En octubre de 1660 el gobierno decidió dar ejemplo con nueve de ellos, los firmantes más prominentes, para demostrar que la monarquía restaurada no toleraría los crímenes del régimen anterior.
Los nueve hombres fueron llevados a la Torre de Londres el 16 de octubre de 1660. Sus nombres eran Thomas Harrison, John Jones, John Cook, Miles Corbet, William Goffe, John Bradshaw, John Lisle, Thomas Scot y John Hotham el menor. Todos fueron antiguos miembros del Parlamento o altos oficiales militares que habían votado por la ejecución del rey. Fueron juzgados por una comisión especial del King's Bench, que los declaró culpables de alta traición por matar al monarca. La comisión registró el veredicto el 17 de octubre y ordenó la ejecución mediante ahorcamiento, arrastre y desmembramiento, el castigo legal para la traición.
En la mañana del 17 de octubre los condenados fueron conducidos a Tyburn, el sitio tradicional de ejecuciones fuera de Londres. Cada uno fue ahorcado hasta casi morir, luego bajado, destripado, decapitado y desmembrado. Sus cuerpos fueron exhibidos en las puertas de la ciudad como advertencia. Las ejecuciones eliminaron los símbolos más visibles del movimiento regicida y reafirmaron la autoridad de la corona sobre el ejército y el Parlamento. El acto también satisfizo las demandas realistas de retribución, que habían sido una condición para el regreso de Carlos II.
Tras las ejecuciones, los regicidas restantes fueron encarcelados, exiliados o indultados bajo estrictas condiciones. La monarquía restaurada reinstauró la Cámara de los Lores, restableció la Iglesia de Inglaterra y reanudó los procedimientos legales tradicionales. La ejecución de los nueve hombres marcó la ruptura legal definitiva con la Commonwealth y consolidó el orden político que perduraría hasta la Revolución Gloriosa de 1688. El hecho demostró que el régimen restaurado podía imponer su autoridad mediante la plena fuerza de la ley, y disuadió nuevos intentos de desafiar la legitimidad real durante las dos décadas siguientes.
El Tratado de Campo Formio transfirió 1,2 millones de hectáreas de la Lombardía austríaca a Francia, poniendo fin a la Guerra de la Primera Coalición. El tratado se firmó el 17 de octubre de 1797 en la villa del embajador austríaco cerca del pueblo de Campo Formio, a unos 30 km al este de Venecia. Concluyó negociaciones que habían durado 18 meses tras la victoria francesa en la Batalla de Rivoli en enero de 1797, que obligó a Austria a buscar la paz.
Las negociaciones fueron dirigidas por el ministro de exteriores francés Talleyrand, de 45 años, y el plenipotenciario austríaco conde Philipp von Cobenzl, de 56 años. Talleyrand exigió la cesión de los Países Bajos austríacos, el reconocimiento del control francés sobre la ribera izquierda del Rin y la anexión de los territorios continentales de la República de Venecia, que sumaban 1.200 km de costa. Cobenzl, representando al emperador Francisco II, aceptó estos términos a cambio de la devolución de 60.000 prisioneros franceses y el reconocimiento del control austríaco sobre el Tirol, una región de 7.200 km².
El tratado estipuló que los Países Bajos austríacos pasarían a ser nuevas provincias de la República Francesa, un cambio que alteró el mapa de Europa Occidental en aproximadamente 150.000 km². Además, Francia recibió los puertos estratégicos de Venecia, incluida la propia ciudad lagunar, que controlaba rutas marítimas de 1.300 km de costa adriática. Austria mantuvo la costa dálmata, pero perdió la isla de Corfú, una pérdida de 1.500 km² de territorio.
El acuerdo también exigió la disolución de la Primera Coalición, que había comprendido 12 potencias europeas en su apogeo en 1793. Para 1797 solo cinco miembros —Austria, Gran Bretaña, España, la República Holandesa y el Reino de Cerdeña— permanecían activos, y Gran Bretaña se retiró de la coalición poco después del tratado, poniendo fin a un conflicto que había causado unas 1,5 millones de bajas militares en Europa.
El tratado sólo se mantuvo tres años; en 1800 la Guerra de la Segunda Coalición se reanudó cuando Austria volvió a unirse a la alianza anti‑francesa. No obstante, Campo Formio estableció el precedente de que la Francia revolucionaria podía dictar condiciones a una gran potencia, un patrón que continuó con el Tratado de Lunéville en 1801. El efecto inmediato fue la expansión de la influencia francesa hacia la península italiana y el mar Adriático, reconfigurando el equilibrio de poder en la región durante la siguiente década.