Daily History
Política y Estado

Ejecución de Tomás Moro por rechazar la autoridad eclesiástica del rey

London, England

Ejecución de Tomás Moro por rechazar la autoridad eclesiástica del rey — London, England
Imagen: Hans Holbein the Younger · Public domain

Thomas More caminó hacia su muerte haciendo chistes, lo que probablemente irritó más a sus verdugos que cualquier sermón piadoso. Era la mañana del 6 de julio de 1535 en Tower Hill, Londres, y el antiguo Canciller de Inglaterra había pasado quince meses en la Torre esperando este momento, con una calma que parecía casi ofensiva a los que lo rodeaban.

El amanecer londinense llegó como siempre llega en verano: gris, húmedo, sin ceremonias. La multitud se había reunido en el sitio de ejecuciones más famoso de Europa—ese patio donde los aristócratas mostraban su coraje o su arrogancia mientras morían—, y nadie sabía que estaban presenciando el final de uno de los hombres más inteligentes que Inglaterra jamás produciría. Para los ojos de aquel 1535, More era simplemente un traidor que no había querido doblegarse. Eso era todo.

La razón de su presencia en el cadalso parecería insana a muchos de nosotros: Enrique VIII había decidido convertirse a sí mismo en cabeza de la Iglesia de Inglaterra. No por teología profunda. No por una epifanía religiosa. Porque quería divorciarse de Catalina de Aragón para casarse con una de sus damas de compañía más jóvenes y fértiles, llamada Ana Bolena. El Papa se negó. Así que Enrique simplemente creó su propia iglesia.

Ejecución de Tomás Moro por rechazar la autoridad eclesiástica del rey — London, England
Imagen: Philippe de Champaigne · Public domain

Más no podía vivir con eso. Y aquí está la parte que sorprende: no fue porque gritara su objeción desde las azoteas. Fue porque el Rey le pidió directamente que reconociera el Acta de Supremacía, y More se negó—en silencio, con cortesía, pero con una negativa completa. Pasó un año encerrado en la Torre. Le ofrecieron indultos. Rechazó cada uno. Escribió cartas sobre la muerte con una serenidad que hace que la mayoría de nuestras quejas modernas parezcan pataletas de niños.

Su ingenio nunca lo abandonó. Cuando subía al cadalso—una estructura de madera sin pretensiones, el tipo de lugar donde miles de personas ordinarias habían muerto sin que nadie tomara nota—, pidió ayuda para subir. Cuando el verdugo le preguntó si necesitaba algo más, More respondió que esperaba que Dios cuidara de él. El verdugo, un hombre cuyo nombre nadie recuerda, ejecutó a un hombre que cinco siglos después sería declarado santo. Eso es el tipo de ironía que la historia disfruta servir.

Ejecución de Tomás Moro por rechazar la autoridad eclesiástica del rey — London, England
Imagen: Carlo Crivelli · Public domain

Lo extraño no es que muriera. Es que muriera por algo que parecía inexplicablemente pequeño: una palabra, un título, una línea en un documento legal. No se rebeló contra la Corona. No levantó un ejército. Simplemente dijo no, en latín y en silencio, durante quince meses, en una celda de piedra mojada, mientras escribía sobre la muerte con una claridad que sugería que ya había encontrado paz con ella.

En 1935—exactamente cuatrocientos años después—la Iglesia lo canonizó. Para entonces, Enrique VIII había muerto hace trescientos setenta y cuatro años, Ana Bolena había sido ejecutada cinco años después que More, y su Iglesia anglicana seguía existiendo, de todas formas. Imagina viajar cuatro siglos al futuro y descubrir que el hombre al que mataste por desobediencia acabaría siendo declarado santo, mientras el hombre que te ordenó matarlo sería recordado principalmente por sus matrimonios desastrosos.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Thomas More

Desastre natural

Desastre de la plataforma petrolera Piper Alpha en el Mar del Norte

North Sea, Scotland

Desastre de la plataforma petrolera Piper Alpha en el Mar del Norte — North Sea, Scotland

A las 22:15 del 6 de julio de 1988, trescientos veintiséis hombres trabajaban en la plataforma Piper Alpha en el Mar del Norte. Treinta y cinco minutos después, 167 de ellos estaban muertos. En el piso de acomodación inferior dormían 42 trabajadores. Ninguno de ellos se despertó.

La Piper Alpha no era un lugar pequeño. Pesaba 30 mil toneladas, se alzaba 19 pisos sobre el agua, y sus tuberías transportaban 317 mil barriles diarios—casi el 10 por ciento de la producción petrolera británica. Occidental Petroleum la operaba desde 1976. Era dinero en movimiento constante, tubería tras tubería, cable tras cable, veinticuatro horas al día. El negocio era tan rutinario que el riesgo se había vuelto invisible.

Lo que pasó fue esto: esa tarde, técnicos retiraron un cartucho de una tubería principal para una prueba de presión. Era procedimiento estándar. Reinstalaron la tubería sin el cartucho, asumiendo que un dispositivo de cierre lo mantendría sellado durante la noche hasta que pudieran completar el trabajo. El dispositivo falló—o nunca fue revisado. A las 21:59, gas de condensación bajo presión comenzó a escapar en la sala de máquinas. Seis minutos después, una chispa lo encendió.

Desastre de la plataforma petrolera Piper Alpha en el Mar del Norte — North Sea, Scotland
Imagen: F.K. Crawley · CC BY 2.5

La primera explosión fue tan violenta que levantó plataformas estructurales de sus bases. Hombres que estaban cerca simplemente desaparecieron. Otros salieron corriendo entre llamas que alcanzaban 1.100 grados Celsius. Algunos saltaron por la barandilla hacia el Mar del Norte. El agua estaba a 10 grados. Los que no murieron en la caída o en el fuego murieron de hipotermia en minutos. Un helicóptero de rescate llegó dentro de 25 minutos. Ya era demasiado tarde para la mayoría.

De 226 personas en la plataforma cuando explotó, 59 sobrevivieron. En ese momento fue el desastre petrolero más letal en vidas perdidas jamás registrado en aguas offshore. Rompió el récord previo. Era un regalo amargo a los registros de seguridad industrial. Las investigaciones posteriores revelaron 209 incumplimientos de normas de seguridad en la plataforma. Doscientos nueve. El número suena como un fracaso administrativo lento; en realidad fue un acuerdo tácito de que nada malo sucedería porque nada malo había sucedido. Hasta que sucedió.

Desastre de la plataforma petrolera Piper Alpha en el Mar del Norte — North Sea, Scotland
Imagen: F.K. Crawley · CC BY 2.5

La plataforma ardió durante dieciséis días. Costó 1.700 millones de libras construirla. Costó 61 millones demolerla después. Un cartucho de tubería nunca reinstalado, una prueba no completada, un dispositivo de cierre que nadie verificó—la causa fue tan pequeña que si le hubieras preguntado a cualquiera en la industria qué cosas podían destruir una plataforma, lo último que habrían mencionado fue lo que la destruyó. A veces la catástrofe no llega como un monstruo que todos ven venir. Llega como un martes de mantenimiento rutinario.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Piper Alpha

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