Daily History
Guerra y conflicto

Japón lanza invasión a gran escala de China en Puente Marco Polo

Beijing, China

Japón lanza invasión a gran escala de China en Puente Marco Polo — Beijing, China
Imagen: Unknown photographer, Ministry of the Navy · Public domain

Un soldado japonés se perdió en la oscuridad la noche del 7 de julio de 1937, y con él se perdió la paz de Asia durante ocho años.

O eso es lo que dijeron. El soldado, un recluta llamado Shimura, se había separado de su unidad durante unos ejercicios nocturnos cerca del Puente Marco Polo, a apenas 15 kilómetros al suroeste de Pekín. Era medianoche. Los japoneses entraban en pánico. Los chinos no sabían qué estaba pasando. Y en ese espacio de confusión, con las órdenes cruzadas y los nervios a flor de piel, Japón encontró exactamente la excusa que necesitaba para hacer lo que ya había planeado.

Lo que sucedió en las siguientes tres horas cambió la naturaleza de la invasión japonesa de China. Hasta ese momento, los enfrentamientos habían sido escaramuzas, skirmishes, conflictos locales que ambas partes podían negar o minimizar. Japón llevaba años filtrándose en China—controlaba Manchuria desde 1931, tenía presencia militar en Pekín, movía piezas en el tablero con una paciencia calculada. Pero el Puente Marco Polo sería diferente. Aquí Japón no se conformaría con un rincón. Aquí pedirían todo.

Japón lanza invasión a gran escala de China en Puente Marco Polo — Beijing, China
Imagen: Sha Fei · Public domain

Los comandantes japoneses exigieron permiso para registrar los cuarteles del ejército chino cercano. Era una demanda insultante en territorio chino, una humillación que ningún comandante chino podía aceptar sin perder la cara. El general chino Song Zheyuan pidió tiempo. Los japoneses no lo concedieron. Alrededor de las 4 de la mañana, mientras el cielo comenzaba a clarear, se disparó el primer tiro. Nadie sabe quién lo hizo. Nadie lo supo entonces tampoco. Pero el disparo viajó a través de la niebla matutina, atravesó siete años de tensión acumulada, y cerró para siempre una puerta que no volvería a abrirse.

Los chinos respondieron. Los japoneses avanzaron. Para el mediodía, cientos de soldados chinos y japoneses estaban muertos. Para el final del día, Japón había desplegado refuerzos. Para fin de mes, la ocupación de Pekín estaba completa. Para fin de año, más de 300,000 civiles chinos habían sido masacrados en la ciudad de Nankín.

Japón lanza invasión a gran escala de China en Puente Marco Polo — Beijing, China
Imagen: Chinese army in India-Burma campaign pictorial · Public domain

Lo extraño, lo que pesa cuando lees los reportes de esos días, es que Shimura apareció. El soldado supuestamente desaparecido se presentó con su unidad pocas horas después de que toda la operación hubiera comenzado. Los historiadores debaten si nunca se perdió, si fue separado brevemente, si fue un pretexto deliberado desde el inicio. Lo que es cierto es que su desaparición—real o inventada—sirvió. Japón tenía su justificación. China tendría su guerra.

El Puente Marco Polo, que había permanecido en pie durante 800 años como símbolo de comercio y encuentro, se convirtió en un monumento a algo más simple: en la prueba de que a veces basta el pretexto más delgado, la excusa más transparente, cuando la voluntad de poder está ya decidida. El soldado que se perdió nunca fue hallado en las historias oficiales. Solo quedó un nombre anónimo en los reportes, y una guerra que duraría más que cualquiera de los hombres que la iniciaron.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Second Sino-Japanese War

Guerra y conflicto

Ataques terroristas en Londres en metro y autobús matan a 52

London, United Kingdom

Ataques terroristas en Londres en metro y autobús matan a 52 — London, United Kingdom
Imagen: Francis Tyers · CC BY-SA 3.0

Veinticuatro horas después de que Londres ganara la bid para los Juegos Olímpicos de 2012, cuatro hombres jóvenes bajaron a tres estaciones del metro casi simultáneamente. No eran militantes extranjeros que hubieran cruzado fronteras. Eran de Yorkshire, de Leeds, de Beeston. Eran británicos. Y cuando sus mochilas detonaron en la mañana del 7 de julio de 2005, mataron a 52 personas en el Tube, y una hora después, una quinta explosión reventó un autobús de dos pisos en Tavistock Square.

En ese momento, algo crucial se rompió en la narrativa occidental. No fue solo el daño físico—aunque 52 muertos en Londres era la cifra más alta desde el atentado de Lockerbie en 1988. Fue algo más insidioso: la ilusión de que el terrorismo yihadista era un problema importado, algo que le pasaba a América, que ocurría en Bagdad o en Kabul, pero no aquí, no en las estaciones del Tube donde tú cogías el tren cada mañana.

Antes del 7/7, Europa Occidental se permitía una cierta distancia psicológica del terror suicida. Occidente tenía sus problemas de seguridad, cierto, pero el fenómeno de jóvenes nacidos en sus propias ciudades, criados en sus propias escuelas, que decidían convertirse en bombas—eso parecía imposible, inconcebible. Los expertos debatían si era siquiera posible. Los gobiernos elaboraban estrategias para amenazas que llegaban de afuera.

Ataques terroristas en Londres en metro y autobús matan a 52 — London, United Kingdom
Imagen: Nick Cooper (talk) · CC BY 3.0

Mohammed Sidique Khan, Shehzad Tanweer, Germaine Lindsay y Hasib Hussain destruyeron esa ilusión en menos de una hora. Eran obreros, estudiantes, hijos de inmigrantes pakistaníes e ingleses que habían crecido en Bradford y Leeds como británicos legales. Sus radicalizaciones fueron silenciosas, internas, difíciles de detectar incluso en retrospectiva. No enviaron comunicados previos a Al-Qaeda. Se inspiraron en la organización, en su ideología, en videos que circulaban por Internet—pero actuaron como células autónomas, como si la geografía del terror hubiera sido reprogramada.

Lo que cambió después del 7 de julio no fue solo la seguridad del transporte, aunque cambió radicalmente. Los andenes del Tube se llenaron de cámaras CCTV, los protocolos de emergencia se reescribieron, las estaciones de policía de línea dedicadas al contraterrorismo se multiplicaron. Lo que realmente cambió fue más profundo: la comprensión occidental de dónde vivía la amenaza. No estaba afuera cruzando fronteras. Estaba ya aquí, hablando con acento británico, pagando impuestos, yendo a la oficina.

Ataques terroristas en Londres en metro y autobús matan a 52 — London, United Kingdom
Imagen: Eliot Ward using his Sony Ericsson V800 cell phone. · CC BY 4.0

Después del 7/7, cada gobierno europeo tuvo que hacer una pregunta que antes podía evitar: ¿cómo radicalizas a alguien que nació en tu propio barrio? ¿Qué te vuelve letal cuando tienes WiFi y un pasaporte legítimo? Los servicios de inteligencia tuvieron que mirar hacia adentro, no solo hacia afuera. La paranoia, que antes se dirigía a sospechosos externos, se domesticó.

Lo irónico es que los cuatro bombarderos no conseguían lo que buscaban. Querían terror, querían cambio político, querían castigar a Occidente. Lo que consiguieron fue exactamente lo opuesto: demostraron que incluso el terrorismo más íntimo, más doméstico, el que sale de tus propias ciudades, no quiebra a la gente. El metro de Londres volvió a funcionar al día siguiente. La mayoría de los pasajeros regresó. Lo que sí se rompió fue la ilusión de que esto no podría pasar aquí. Y esa quizá sea la victoria más amarga de todas.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/7 July 2005 London bombings

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