Daily History
Guerra y conflicto

Batalla del Boyne: Victoria protestante que define la historia irlandesa

Boyne River, Ireland

Batalla del Boyne: Victoria protestante que define la historia irlandesa — Boyne River, Ireland
Imagen: Jan van Huchtenburgh · Public domain

Guillermo III de Inglaterra no quería estar en Irlanda. Tenía una guerra de verdad que pelear en Europa, contra Luis XIV de Francia, y esta pequeña rebelión irlandesa era más bien una distracción incómoda. Pero aquí estaba, el 12 de julio de 1690, a orillas del Boyne con 36.000 soldados, a punto de enfrentarse a Jacobo II y sus 25.000 hombres. Lo que nadie recuerda es esto: el que debería haber ganado fácilmente casi pierde.

La verdadera historia no es una de religión versus religión, como nos la enseñaron. Es la de dos hombres completamente fuera de lugar. Jacobo II, antiguo rey de Inglaterra, había sido destronado tres años atrás porque los protestantes ingleses decidieron que un católico en el trono era demasiado. Así que lo echaron e invitaron a su yerno holandés, Guillermo, a gobernar junto con su esposa María. Guillermo aceptó porque era práctico: le daba recursos ingleses para su guerra contra Francia. Pero en 1690 se encontraba en Irlanda tratando de consolidar el poder de su esposa porque Jacobo había habladores que insistían en que él seguía siendo el verdadero rey.

Jacobo, hay que decirlo, era un desastre militar. Eligió pelear en el Boyne, un río ancho y poco profundo, donde Guillermo podía desplegar su artillería superior y su caballería con soltura. Los generales de Jacobo le advirtieron que era un error, pero él insistió. El 12 de julio por la mañana, cuando los primeros regimientos de Guillermo empezaron a cruzar el río bajo fuego de mosquete, estuvo cerca de convertirse en un desastre. Un regimiento de infantería francesa bajo las órdenes de Jacobo casi rompe la línea de ataque. Fueron momentos tensos. Pero Guillermo tenía más hombres, mejor equipado, y—lo que importaba más—un objetivo claro. Jacobo tenía pánico.

Batalla del Boyne: Victoria protestante que define la historia irlandesa — Boyne River, Ireland
Imagen: Attributed to Benedetto Gennari II · Public domain

Cuando viö que su flanco izquierdo se derrumbaba, Jacobo hizo lo que haría cualquier rey incompetente: se fue. Literalmente galopó lejos del campo de batalla hacia Dublín, dejando a sus generales confundidos. Sus hombres pelearon sin su líder, perdieron cohesión, y finalmente se retiraron. No fue una derrota abrumadora—los irlandeses infligieron bajas importantes, alrededor de 750 muertos en el lado de Guillermo contra quizás 1.500 en el suyo—pero fue definitiva.

El dato que la mayoría ignora: Jacobo II estaría en Francia una semana después, en la corte de Luis XIV, explicando su derrota a cualquiera que lo escuchara. Su reino perdido. Su hijo sin corona. Mientras Guillermo volvía a Europa para lo que realmente le importaba: la guerra contra Francia.

Batalla del Boyne: Victoria protestante que define la historia irlandesa — Boyne River, Ireland
Imagen: Willem Wissing · Public domain

Lo irónico es que la Batalla del Boyne se convirtió en el símbolo de la victoria protestante, cuando en realidad fue simplemente lo que sucede cuando un incompetente se enfrenta a un profesional. Las consecencias reales—los tratados que siguieron, las leyes que se aprobaron, la persecución de católicos que duró siglos—esas no las decidió una batalla. Las decidió la indiferencia de un príncipe holandés que tenía cosas más importantes en mente.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Battle of the Boyne

Cultura y arte

Exposición Internacional de Londres: logros industriales y culturales del mundo

London, England

Exposición Internacional de Londres: logros industriales y culturales del mundo — London, England
Imagen: Unknown authorUnknown author · Public domain

En julio de 1862, más de seis millones de personas pasaron por las puertas de lo que los periodistas llamaban "la mayor congregación de ingenio humano jamás reunida bajo un techo." No era exactamente mentira, solo una exageración que los victorianos practicaban como deporte nacional.

Una semana antes, la vida industrial europea funcionaba en compartimientos estancos. Un tejedor de Manchester no sabía qué máquinas inventaban en Lyon. Un fabricante de acero de Essen desconocía por completo lo que sus competidores belgas estaban haciendo en Lieja. Los periódicos viajaban lentamente. Las cartas tardaban semanas. El comercio existía, pero la comparación, la competencia visible, la enumeración de quién estaba ganando: eso no existía de verdad. Cada país creía que era el más avanzado, o simplemente nunca había visto la prueba de que no lo era.

Luego abrió la Exposición Internacional de 1862 en South Kensington el 12 de julio, y todo se volvió visible.

Exposición Internacional de Londres: logros industriales y culturales del mundo — London, England
Imagen: Wikimedia Commons · CC BY 4.0

En dieciocho meses, con financiamiento público y privado, los británicos habían transformado treinta y seis acres en lo que equivalía a un museo de la civilización moderna. No como los museos que ahora conocemos—silenciosos, reflectivos—, sino como un bazar del cambio: máquinas funcionando, textiles brillando bajo la luz del gas, máquinas agrícolas que los campesinos nunca habían imaginado posibles. Francia envió bronces y porcelana. Prusia mostró armas y vidrio. España, Argentina, Japón, Turquía: casi treinta naciones competían discretamente por ser declaradas la más sofisticada.

Los victorianos creían que estaban en la cumbre. El taller del mundo era suyo. La máquina de vapor era su invención. El ferrocarril era su legado. Pero lo que la Exposición reveló, sin que nadie lo dijera en voz alta, fue que el aprendizaje se propagaba como una infección. Los franceses estaban innovando en textiles a velocidades inesperadas. Los estadounidenses—aún en plena guerra civil, pero representados de todas formas—traían prototipos de máquinas cosechadoras que los británicos no habían considerado. Prusia trabajaba en acero de una manera que hacía que los métodos británicos parecieran, de pronto, provinciales.

Exposición Internacional de Londres: logros industriales y culturales del mundo — London, England
Imagen: Unknown authorUnknown author · Public domain

Seis millones de personas caminaron a través de esa verdad sin reconocerla del todo. Vieron máquinas. Vieron ventanas al futuro. Pero el futuro que vieron no era singular ni británico. Era múltiple, competitivo, distribuido entre media docena de naciones que estaban aprendiendo unas de otras más rápido de lo que nadie había predicho posible. La exposición se proponía celebrar el dominio británico; en cambio, documentaba el momento exacto en que ese dominio empezaba a dispersarse.

Cuando cerró sus puertas cinco meses después, la mentalidad había cambiado. El mundo no volvería a la ignorancia cómoda de antes. Los exportadores europeos habían visto a sus rivales. Los ingenieros habían visto lo que era posible. Y los victorianos, que convocaron la exposición para demostrar su supremacía, descubrieron que acababan de invitar a todos los demás a ponerse al día—y que algunos ya estaban ganando.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/1862 International Exhibition

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