Intento de Asesinato Operación Valquiria
Rastenburg (Wolfs Lair), East Prussia
Claus von Stauffenberg tenía 36 años cuando entró a la Wolfsschanze con 2 kilogramos de explosivo plástico en su maletín de cuero. Eso es lo primero que importa: la precisión de los números, porque esta historia se construye sobre márgenes tan estrechos que una diferencia de centímetros habría reescrito el siglo XX.
La Wolfsschanze —la Guarida del Lobo— no era una fortaleza teatral. Era un complejo de búnkeres en Rastenburg, Prusia Oriental, rodeado de 3 anillos de vallas electrificadas, con 2000 soldados de la Gestapo en las cercanías. Hitler pasaba allí gran parte de sus días, y el acceso era casi imposible. Casi.
Stauffenberg era coronel, aristócrata prusiano, y le faltaba un ojo, tres dedos de la mano derecha y audición en un oído. La guerra lo había destrozado pieza a pieza. Lo que la guerra no había hecho era matarle la claridad: veía a Alemania desangrándose en 2 frentes, con 300,000 soldados muertos cada mes en el Este, y supo que la única salida era asesinar al hombre que los ordenaba.
El plan era elegante en su simplicidad mortal. Stauffenberg entraría a una reunión de estrategia militar con su maletín. Dentro llevaba 2 paquetes de Plastit, un explosivo sueco que producía una explosión de 170 metros de radio. Presionaría un detonador de ácido nítrico —el ácido disolvería lentamente un alambre de metal durante 10 minutos—, lo dejaría bajo la mesa de conferencias, saldría con una excusa, y esperaría. La explosión ocurriría a las 12:42 del 20 de julio de 1944.
Lo que pasó fue esto: Stauffenberg activó el detonador con los dientes (porque le faltaban dedos), colocó el maletín bajo la pesada mesa de roble, y se escabulló diciendo que tenía una llamada telefónica importante. Salió del búnker. Esperó.
A las 12:42, el edificio de conferencias explotó. Las paredes volaron. El techo se derrumbó. Los 4 hombres más cercanos a la explosión murieron al instante. Stauffenberg, que estaba a 200 metros de distancia, vio la devastación y supo que ningún humano podría haber sobrevivido.
Pero Hitler sobrevivió. Eso es lo que nadie esperaba, lo que los historiadores todavía explican con precisión: la mesa de roble era tan gruesa —unos 5 centímetros— que absorbió la mayor parte de la explosión. Hitler estaba de pie, no sentado. La onda expansiva lo tiró al suelo, pero sus órganos vitales permanecieron intactos. Sufrió quemaduras superficiales, perforación de tímpanos, contusiones. Vivió.
Stauffenberg creyó lo contrario. Creyó que había ganado. Voló de regreso a Berlín en un Heinkel 111, convencido de que el Führer estaba muerto y que la Operación Valquiria —el plan para tomar el poder— estaba en marcha. En Berlín, 7000 soldados leales al complot movilizaban tropas. Parecía funcionar.
Pero a las 19:30, Hitler transmitió por radio. Vivo. La voz inconfundible dijo: "Estoy aquí". Dos horas después, Stauffenberg fue fusilado en el patio del Ministerio de Guerra. De los 13 conspiradores principales, 11 fueron ejecutados ese mismo mes. De los 200 implicados en la trama, aproximadamente 5000 personas murieron en represalias.
Lo curioso es que el régimen nazi publicó fotos del búnker destruido para demostrar que Hitler era invencible, casi sobrehumano. El complot más serio contra su vida se convirtió en propaganda de su invulnerabilidad. A veces, los números no mienten: 2 kilogramos de explosivo, 10 minutos de espera, 5 centímetros de madera. Eso fue todo lo que se interpuso entre el asesinato de Hitler y la continuidad del Tercer Reich.