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NASA Oficialmente Establecida

Washington, D.C., United States

NASA Oficialmente Establecida — Washington, D.C., United States
Imagen: NASA · Public domain

A las nueve de la mañana del 29 de julio de 1958, en Washington D.C., un hombre de sesenta y siete años firmó un documento que nadie sabía si funcionaría. El presidente Dwight Eisenhower tenía las manos firmes —había dirigido invasiones, había ganado guerras— pero lo que estaba por hacer era más arriesgado que cualquier batalla: crear una agencia espacial desde cero, en plena Guerra Fría, con un presupuesto que aún nadie había definido bien.

Dos años antes, los soviéticos habían lanzado el Sputnik. Un satélite. Una bola de metal del tamaño de una naranja que orbitaba la Tierra y transmitía pitidos mientras Estados Unidos miraba hacia arriba, desconcertado. Los americanos no estaban acostumbrados a perder en tecnología. Los políticos gritaban. Los periódicos hablaban de humillación nacional. Y Eisenhower, con su pragmatismo militar, decidió que lo que necesitaba el país no era pánico sino estructura.

Entraban en juego personas muy reales con nombres que ahora nadie recuerda. T. Keith Glennan, un ingeniero de cincuenta y cinco años que acababa de dirigir la Comisión de Energía Atómica, fue elegido como primer administrador de la NASA. Nunca había trabajado en cohetes. Hugh Dryden, un físico de sesenta años que llevaba dieciocho años en el NACA —la agencia anterior, que resultó demasiado pequeña para lo que venía—, se convirtió en su subdirector. Estos hombres no eran celebridades. No aparecieron en las portadas. Pero eran los que tenían que convertir una agencia de investigación aeronáutica en una carrera hacia la Luna.

NASA Oficialmente Establecida — Washington, D.C., United States
Imagen: USAF · Public domain

La ironía está en lo que realmente reemplazaban. El NACA había sido respetable, ordenado, académico. Estudiaba el flujo del aire sobre las alas. Publicaba papers. Funcionaba con presupuestos modestos y sin prisa. Ahora, de repente, tenía que convertirse en algo diferente: una máquina de competencia geopolítica que gastaría miles de millones y lanzaría humanos al espacio en máquinas que podían explotar. No era una evolución. Era una resurrección.

Eisenhower incluyó una cláusula que nadie destacó: la NASA debía ser civil, no militar. Los generales protestaron en privado. Querían control sobre el espacio. Pero el presidente insistió. Dijo que la exploración espacial debía ser para toda la humanidad, aunque sabía perfectamente que era una batalla más de la Guerra Fría. La contradicción era tan clara como el vidrio, y tan necesaria como respirar.

NASA Oficialmente Establecida — Washington, D.C., United States
Imagen: NASA · Public domain

En los meses siguientes, miles de personas llegaron a trabajar en la NASA. Ingenieros jóvenes de veinticinco años que nunca habían visto un cohete. Secretarias que aprendieron a mecanografiar documentos sobre órbitas. Custodios que cuidaban edificios llenos de pizarras con ecuaciones que no entendían. Todos eran parte de algo que estaba naciendo.

Lo que hizo especial aquel 29 de julio no fue el documento que Eisenhower firmó. Fue que nadie sabía si funcionaría. Diez años después, los americanos caminarían en la Luna. Pero ese martes por la mañana, en una oficina de Washington, lo único que existía era la determinación de un grupo de personas comunes de hacer algo extraordinario antes de que fuera demasiado tarde.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/NASA

Guerra y conflicto

Batalla de la Armada Española

English Channel, United Kingdom

Batalla de la Armada Española — English Channel, United Kingdom
Imagen: Robert Adams, Augustine Ryther · Public domain

Cuando Felipe II miró el mapa de Inglaterra desde su palacio en Madrid, vio una isla que debería ser católica. Lo que no vio fue que sus propios capitanes estaban a punto de cometer uno de los errores navales más costosos de la historia europea.

Era el 29 de julio de 1588. La Armada Invencible —ciento treinta barcos españoles con ocho mil marineros y veinte mil soldados— navegaba por el Canal de la Mancha en formación de luna creciente, una configuración defensiva que los hacía casi imposibles de romper. Los ingleses, al mando del Lord Howard, tenían menos barcos pero algo mejor: velocidad, maniobra, y una comprensión casi clarividente de cómo el fuego de artillería había reescrito las reglas del combate naval.

La batalla comienza cuando los ingleses atacan desde la popa de la formación española. Los cañones ingleses disparan a distancia —algo nuevo, algo aterrador— mientras que los españoles siguen esperando el combate de abordaje tradicional, la batalla cuerpo a cuerpo de los corsarios y conquistadores. Es como enfrentar una espada con una pistola, excepto que la pistola está en un barco que se mueve más rápido que el tuyo.

Batalla de la Armada Española — English Channel, United Kingdom
Imagen: anonymous · Public domain

Durante horas, la Armada intenta mantener su forma defensiva. Los barcos españoles están construidos para transportar tropas, no para girar con precisión. Son fortalezas flotantes, pesadas, altas, perfectas para conquistar islas. Perfectas para todo excepto para lo que necesitaban hacer ese día. Los ingleses los rodean, los acribillan, se retiran antes de que puedan responder. Disparan, se mueven, disparan de nuevo. Es cazería.

Uno de los capitanes españoles más experimentados, Alonso Martínez de Leyva, ve el desastre desarrollarse y trata de hacer lo imposible: maniobrar la Armada hacia aguas poco profundas donde los barcos ingleses más rápidos no puedan seguirlos. Pero el viento gira. El clima, ese aliado invisible que los ingleses después llamarían «la Armada española de Dios», cambia de dirección. Los españoles son empujados hacia el norte, lejos de los puertos seguros, hacia las costas rocosas de Escocia e Irlanda.

Batalla de la Armada Española — English Channel, United Kingdom
Imagen: Marcus Gheeraerts the Younger · Public domain

En las siguientes semanas, la Armada se desmorona. No por una batalla final épica, sino por tormentas, hambre, y el simple hecho de que los barcos no pueden llegar a casa. De los ciento treinta buques que salieron de España, solo sesenta y siete regresan. Mueren aproximadamente once mil hombres. No todos en combate. Muchos se ahogan. Muchos más mueren de enfermedad después, en puertos extranjeros, esperando naves que nunca llegaban.

Lo extraño es esto: Felipe II gastó una fortuna que España nunca recuperaría completamente. Inglaterra ganó, pero no fue invulnerable después —de hecho, sus propias expediciones fracasarían regularmente durante décadas. Lo que realmente sucedió fue que el viejo mundo naval murió ese verano. Los galeones españoles nunca volvieron a dominar como lo habían hecho. Y la idea de que el clima y la velocidad importaban más que el tamaño y la tradición se quedó. Los marineros lo sabían. Los reyes tardaron años más en creerlo.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Spanish Armada

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