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Política y Estado

Se establece el Principado de Transilvania

Transylvania

Se establece el Principado de Transilvania — Transylvania
Imagen: Lázár deák (Lazarus secretarius) · Public domain

El sol de agosto, pesado y polvoriento, se cernía sobre los tejados de Speyer en 1570. No era un día especialmente memorable para la gente que cruzaba el mercado, comprando pan o negociando pieles. Quizás un herrero golpeaba su yunque con la monótona regularidad de siglos, o el aroma a cerveza tibia flotaba desde alguna taberna. Pero en un salón no muy lejos de allí, un drama político que había durado décadas, sembrando guerras y dividiendo reinos, estaba a punto de resolverse con la firma de un documento. La historia, como ven, a menudo se cocina a fuego lento, y el estruendo de los cañones se diluye en el crujido de una pluma sobre pergamino.

Durante casi medio siglo, la cuenca de los Cárpatos había sido un campo de ajedrez donde los peones se movían al ritmo de dos imperios colosales: el de los Habsburgo, católicos y ambiciosos, y el otomano, islámico y expansionista. En medio de esta pugna, la corona de Hungría era un premio codiciado, pero también una losa. Juan Zápolya, y luego su hijo, Juan Segismundo (o Juan II), habían ostentado ese título de rey, más por la gracia de los sultanes turcos que por el beneplácito de Roma o Viena. Desde la desastrosa batalla de Mohács en 1526, que había diezmado la nobleza húngara, la región se había partido en tres: una franja occidental bajo los Habsburgo, el centro directamente bajo el dominio otomano, y un pedazo oriental, lo que hoy conocemos como Transilvania, gobernado por la casa Zápolya.

Juan II Zápolya, en particular, era un hombre en una posición envidiable y a la vez imposible. Rey de un reino que apenas controlaba, vasallo de los otomanos que podían devorarlo en cualquier momento, y con los Habsburgo siempre al acecho, su vida fue una danza diplomática perpetua. Imaginemos el desgaste mental de mantener el equilibrio entre dos superpotencias, sabiendo que un paso en falso significaría la aniquilación. Durante años, Juan Segismundo había usado su herencia, su ingenio y, seamos sinceros, la conveniencia de los turcos, para mantener una precaria independencia. Pero incluso los equilibristas más hábiles necesitan descansar.

Se establece el Principado de Transilvania — Transylvania
Imagen: Az atlasz szerkesztői: Sir Adolphus William Ward, G.W. Prothero, Sir Stanley Mordaunt Leathes, and E.A. Benians. · Public domain

Así llegamos al 16 de agosto de 1570. En Speyer, Juan II Zápolya, de apenas treinta años, y el emperador Maximiliano II de Habsburgo, firmaron un tratado que, en apariencia, simplificaba las cosas. Zápolya renunciaba a su grandioso título de "Rey de Hungría", ese que tantos dolores de cabeza le había causado, a favor de Maximiliano. A cambio, y aquí viene la jugada, los Habsburgo reconocían su dominio sobre Transilvania y algunas partes de la Hungría oriental, pero ahora bajo el título, más modesto pero quizás más realista, de "Príncipe de Transilvania y de ciertas partes de Hungría".

Fue un golpe maestro de pragmatismo. Al ceder la corona, Zápolya se libraba de la pretensión de gobernar toda Hungría, una tarea inalcanzable, y solidificaba su control sobre una región más manejable. Transilvania, la tierra más allá del bosque, se convertía oficialmente en un principado independiente, aunque como vasallo nominal del Imperio Otomano. Un pequeño detalle que, por supuesto, garantizaba que el drama continuaría, pero ahora con un guion ligeramente diferente. Este acuerdo, el Tratado de Speyer, no trajo la paz duradera que muchos esperaban, pero sí estableció una entidad política que, durante más de un siglo, sería un crisol cultural y religioso único en Europa, un refugio para reformistas y un dolor de cabeza constante para todos sus vecinos. Juan II Zápolya, el rey que dejó de serlo para convertirse en príncipe, murió apenas unos meses después. Uno se pregunta si, en sus últimos días, se permitió una pequeña sonrisa irónica al pensar en el legado de su renuncia: un principado que duraría hasta 1711, forjando una identidad propia en la misma encrucijada donde él había decidido soltar una corona para aferrarse a un principado.

Se establece el Principado de Transilvania — Transylvania
Imagen: Wikimedia Commons · Public domain

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Principality of Transylvania (1570–1711)

Guerra y conflicto

Enrique VIII gana la Batalla de las Espuelas

Guinegate, France

Enrique VIII gana la Batalla de las Espuelas — Guinegate, France
Imagen: Georg Lemberger · Public domain

Un ejército huye con tal velocidad que los franceses la apodaron la "Batalla de las Espuelas". Pero, ¿cómo se desintegra una fuerza militar hasta el punto de que sus jinetes ni siquiera se detienen para luchar, sino que solo se preocupan por espolear a sus caballos para escapar? La respuesta, como a menudo sucede en la historia, es una mezcla de mala suerte, orgullo mal situado y una desorganización asombrosa.

Es el 16 de agosto de 1513, cerca de Guinegate, Francia. Enrique VIII, un joven rey inglés de 22 años, está radiante. Ha traído a su ejército a Francia, no solo para hacer la guerra, sino para impresionar, para demostrar que es un digno sucesor de sus belicosos antepasados. A su lado, el emperador Maximiliano I del Sacro Imperio Romano Germánico, un hombre de cincuenta y tantos años que, a pesar de su rango, ha accedido a servir bajo Enrique a cambio de una suculenta suma de dinero. Imaginen la escena: un emperador, el supuesto líder de la cristiandad, aceptando un sueldo de un rey mucho más joven y menos experimentado. La política europea de la época es un circo glorioso.

Los ingleses y sus aliados imperiales asedian Thérouanne. Los franceses, desesperados por aliviar el sitio, envían una fuerza de caballería para reabastecer la guarnición con pólvora y provisiones. Son unos 8.000 hombres, principalmente caballería pesada y ligera, liderados por el duque de Longueville y el famoso caballero Pierre Terrail, señor de Bayard. Su plan es audaz: en lugar de un ataque frontal, pretenden flanquear a los asediadores, descargar los suministros y retirarse rápidamente antes de que los ingleses puedan reaccionar. Un golpe de mano clásico.

Enrique VIII gana la Batalla de las Espuelas — Guinegate, France
Imagen: Encyclopædia Britannica · Public domain

Pero Enrique y Maximiliano están listos. Han posicionado a sus tropas en una cresta, camufladas por la niebla matutina. Cuando la caballería francesa emerge de la niebla, se encuentran con una fuerza combinada de ingleses, alemanes y flamencos. El emperador Maximiliano, con la sabiduría del zorro viejo que es, ha aconsejado a Enrique que despliegue a sus temibles arqueros de tiro largo y a sus piqueros suizos en una formación defensiva. Los franceses, viendo el peligro, intentan retirarse. Primero, la caballería ligera. Luego, la pesada.

Ahora, el momento. La caballería francesa se da la vuelta, pero no para cargar o reagruparse. Se están retirando. Y es ahí donde todo se desmorona. Los jinetes ingleses e imperiales, al ver la vacilación y el giro, lo interpretan como una huida. Cargan. Los franceses, en lugar de formar una línea o contraatacar, entran en pánico. Se empujan unos a otros, bloqueándose. Las espuelas no se usan para atacar, sino para golpear los costados de los caballos con desesperación, buscando la máxima velocidad para huir. El propio Bayard, conocido por su valor, es visto entre los que retroceden, intentando en vano organizar una defensa. Es una desbandada total. Los relatos hablan de que algunos jinetes franceses llegaron hasta diez millas de distancia antes de detenerse.

Enrique VIII gana la Batalla de las Espuelas — Guinegate, France
Imagen: No machine-readable author provided. Pir6mon assumed (based on copyright claims). · CC BY-SA 3.0

Los prisioneros son numerosos. Entre ellos, el duque de Longueville y el famoso caballero Bayard, capturado mientras cubría la retirada. La ironía de la situación es que los franceses no sufren grandes bajas en combate, sino por la pura vergüenza de la huida. La reputación de la caballería francesa, antes temida, queda hecha añicos. Enrique, eufórico, ha ganado una victoria casi sin esfuerzo, más por la precipitación de sus enemigos que por su propia brillantez táctica, aunque no se lo dirían. El "Rey Caballero" Maximiliano, por su parte, se lleva su dinero y una buena historia que contar, y la satisfacción de ver a sus viejos rivales franceses humillados. Thérouanne cae poco después. A veces, la mayor victoria no es la que se gana con espadas, sino con espuelas… y con un poco de suerte ajena.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Battle of the Spurs

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