Portugal Conquista Ceuta, Iniciando la Era de los Descubrimientos
Ceuta
La flota portuguesa zarpó con un sigilo que rozaba lo absurdo, pero su magnitud era imposible de ocultar. Más de doscientas naves, según algunos cronistas, llevando a bordo a unos cuarenta mil hombres, se deslizaron por el Atlántico. En Lisboa, la excusa oficial fue una cruzada contra Granada, incluso una incursión contra Flandes, tan convincente que los espías castellanos y moriscos mordieron el anzuelo. Pero el verdadero objetivo, una joya estratégica bañada por el Estrecho, permanecía oculto, conocido solo por un círculo íntimo. Era una maniobra digna de un jugador de ajedrez, orquestada por el rey Juan I, un hombre de casi sesenta años, curtido en batallas y en la intriga política, que buscaba legitimar su dinastía y templar a sus hijos en el fuego de la guerra.
Entre esos hijos estaba Enrique, el tercero, un joven de veintiún años cuyo nombre aún no llevaba el epíteto de «el Navegante». La ambición le bullía en las venas, un deseo insaciable de gloria y conocimiento que lo empujaba más allá de los mapas conocidos. Para él, Ceuta no era solo un puerto; era el umbral de un mundo por explorar, la llave a las rutas de oro y especias que habían enriquecido a los reinos moriscos durante siglos. Junto a él, su hermano mayor, Duarte, de veinticuatro, un futuro rey más inclinado a los libros que a la espada, y Pedro, de dieciocho, tan impetuoso como Enrique. Para los tres, la conquista de Ceuta sería su rito de paso, la demostración de su valía ante una nobleza recelosa.
La ciudad dormía, ajena a su destino, cuando el 21 de agosto de 1415, el vasto ejército portugués apareció frente a sus costas. La sorpresa fue total. Las tropas moriscas, habituadas a escaramuzas menores, estaban desprevenidas. Salah Ben Salah, el gobernador de Ceuta, un hombre probablemente más versado en la administración de un próspero puerto comercial que en la defensa de una fortaleza asediada, apenas pudo reunir a sus hombres. El desembarco fue caótico. Los portugueses, con Enrique a la cabeza, saltaron a la playa bajo una lluvia de flechas y piedras. La historia oficial diría que Enrique fue el primero en entrar en la ciudad, un detalle que, verídico o no, sirvió para cimentar su leyenda.
Lo que siguió fue una carnicería. La resistencia, aunque feroz en algunos puntos, fue rápidamente aplastada por el número y la disciplina portuguesa. Los defensores de Ceuta lucharon por sus hogares, por sus familias, con la desesperación de quienes ven su mundo desmoronarse. Se estima que unos ocho mil de ellos perdieron la vida en el asalto, una cifra escalofriante para la época. Los portugueses, por su parte, sufrieron bajas relativamente leves, quizás unas pocas docenas de muertos, aunque las heridas y la disentería harían estragos en los meses siguientes. La ciudad fue saqueada, sus riquezas, acumuladas durante siglos de comercio, distribuidas entre los victoriosos.
La ironía de Ceuta, sin embargo, no tardaría en manifestarse. Lo que Enrique y sus hermanos buscaban como puerta a la riqueza, se convirtió en una carga económica. El control de Ceuta cortó las rutas comerciales que la hacían próspera, desviando el flujo de oro y mercancías hacia otros puertos. En lugar de una fuente de ingresos, se transformó en un puesto de avanzada costoso de mantener, una sangría para las arcas portuguesas. La ciudad, que había sido la joya del comercio, quedó empobrecida y aislada. Enrique el Navegante, impulsado por esa primera victoria, dedicaría el resto de su vida a buscar nuevas rutas, nuevos imperios en el mar, sin saber que la clave que acababa de tomar resultaría ser un callejón sin salida, empujándolo a mirar hacia el oeste, hacia un océano inmenso y desconocido.