Tercera Cruzada: Comienza el Asedio de Acre
Acre, Kingdom of Jerusalem
No había reino, ni tesoro, ni siquiera una corona que no fuera imaginaria, pero Guy de Lusignan, el desdichado rey de Jerusalén, tenía una idea fija: Acre. Hace apenas dos años, en el verano abrasador de 1187, el sultán Saladino había desmantelado el ejército cruzado en los Cuernos de Hattin con una eficiencia brutal, capturando al propio Guy y, poco después, tomando Jerusalén. La marea de la historia se había vuelto de forma tan decisiva que parecía irreversible. El mundo franco en Oriente Medio se desmoronaba, reducido a unas pocas ciudades costeras que se aferraban a la esperanza como náufragos a un tablón. Lo lógico, lo esperable, era la retirada ordenada, la súplica de ayuda a Europa, la lenta asimilación de la derrota.
Pero Guy, liberado por Saladino bajo la promesa de no volver a tomar las armas (una promesa que, para ser justos, el sultán probablemente no se tomó muy en serio, y Guy menos aún), tenía otros planes. Era un rey sin reino, un general sin ejército, un hombre con un título pero sin poder. Y, sin embargo, el 28 de agosto de 1189, ocurrió lo inesperado. Guy de Lusignan, con una fuerza sorprendentemente heterogénea de unos 10.000 hombres, entre ellos cruzados recién llegados de Europa y los pocos que quedaban de los antiguos reinos latinos, se plantó ante las imponentes murallas de Acre. La ciudad, un puerto vital y una fortaleza formidable, estaba firmemente en manos de Saladino. El mundo, que había visto a los cruzados retroceder en desbandada, de repente los veía a la ofensiva. Era un giro teatral de los acontecimientos que pocos habrían predicho, y muchos consideraron una locura.
La audacia de la maniobra de Guy fue notable. Él no tenía los recursos para asaltar una ciudad tan bien defendida como Acre. Su ejército era una mezcla de caballeros con armaduras brillantes y campesinos con horcas mejoradas, todos ellos animados por una fe ferviente y una desesperación palpable. Saladino, por su parte, tenía un ejército bien entrenado y experimentado, y sabía que Acre era la llave del Levante. La reacción inicial de Saladino fue de incredulidad, seguida de una rápida movilización. La lógica dictaba que el asedio de Guy sería una breve y sangrienta interrupción, fácilmente aplastada por la superioridad militar ayubí.
Pero el asedio de Acre no fue breve. Ni mucho menos. Lo que comenzó como un acto de desesperada audacia por parte de un rey destronado se transformaría en uno de los asedios más largos, brutales y complejos de la historia medieval, durando más de dos años. Se convertiría en un imán que atraería a decenas de miles de cruzados de toda Europa, incluidos los reyes más poderosos del continente: Felipe Augusto de Francia y Ricardo Corazón de León de Inglaterra. Lo que antes era un asunto local, una escaramuza de la Tercera Cruzada en sus inicios, se convirtió en el punto focal de toda la campaña, una sangrienta picadora de carne donde ambos bandos sufrirían bajas catastróficas por enfermedades, hambre y la constante lucha. Se estima que decenas de miles de vidas se perdieron en ambos lados, una cifra asombrosa para la época.
El contraste no podía ser más agudo: de un rey derrotado que huía, a la inesperada iniciación de un asedio que redefiniría la Tercera Cruzada. Guy de Lusignan, el hombre que lo perdió todo, se convirtió en el catalizador de una de las mayores concentraciones militares de la Edad Media. Acre, la ciudad que debía ser la estocada final de Saladino a la presencia franca, se convirtió en el lodazal que se tragaría años de esfuerzo y recursos de ambos bandos. Y todo empezó con la obstinación de un rey sin trono que, contra todo pronóstico, decidió no rendirse.