Fin del Asedio Romano: Templo de Jerusalén Destruido
Jerusalem, Roman Judea
Solo 70 días de asedio, y la ciudad de Jerusalén, construida sobre una colina con defensas que se elevaban hasta los 30 metros, cayó de una manera que ni los más pesimistas habrían imaginado. El 30 de agosto del año 70 d.C., el Templo de Herodes, una maravilla arquitectónica de 60 metros de altura, ardía hasta sus cimientos, marcando el fin de una resistencia judía que había durado casi cinco años contra el poder de Roma. ¿Cómo se desmoronó una fortaleza tan formidable en un lapso de tiempo tan relativamente corto?
Imagina esto: cuatro legiones romanas, sumando unos 60.000 hombres, bajo el mando del general Tito, se acercan a una ciudad que, según el historiador Josefo, albergaba a más de 1.1 millones de personas, aunque esa cifra es probablemente una hipérbole que buscaba enfatizar la magnitud de la catástrofe. Aún así, la población dentro de los muros, inflada por peregrinos de la Pascua, era enorme. Para derribar las tres murallas masivas de Jerusalén, los romanos emplearon la ingeniería a gran escala: arietes de hasta 18 metros de largo y torres de asedio que rivalizaban en altura con las propias murallas judías. La primera y segunda muralla cayeron en cuestión de semanas, pero la tercera, la más fuerte, presentó un desafío formidable. Los defensores, divididos internamente por facciones rivales, se unieron solo ante la inminente destrucción.
El asedio no fue solo una prueba de fuerza bruta, sino de ingenio implacable. Los romanos construyeron un muro de circunvalación de 8 kilómetros alrededor de la ciudad en solo tres días, sellando cualquier esperanza de escape o de recibir suministros. Esta táctica, implementada por la ingeniería romana, condenó a la ciudad a una hambruna brutal. Josefo relata que se encontraron 600.000 cadáveres arrojados por las puertas de la ciudad en un solo período. La desesperación fue tal que se dice que algunos llegaron a comerse a sus propios hijos, una imagen visceral que subraya la brutalidad de la situación.
El punto culminante, y quizás el más impactante, llegó con la destrucción del Segundo Templo. A pesar de que Tito, según los relatos, quería preservarlo como un monumento a la victoria romana, un soldado lanzó una antorcha encendida en su interior durante la fase final de los combates. El fuego se propagó rápidamente por el vasto complejo, y en poco tiempo, el edificio que había tardado 46 años en construirse, y que había sido el centro espiritual de los judíos durante casi seis siglos, se convirtió en una ruina humeante. La temperatura de las llamas debió ser inmensa, derritiendo el oro que adornaba el Templo y haciendo que se filtrara entre las piedras, lo que llevó a los soldados a desmantelar los restos para recuperarlo, cumpliendo así inadvertidamente la profecía de que no quedaría piedra sobre piedra.
El costo humano fue catastrófico: se estima que entre 600.000 y 1.1 millones de judíos murieron durante la guerra y el asedio, y otros 97.000 fueron capturados y vendidos como esclavos, muchos enviados a las minas de Egipto o a combatir como gladiadores. La victoria romana se celebró con un triunfo en Roma, donde se exhibieron los tesoros del Templo, como la Menorá, inmortalizados en el Arco de Tito. Sin embargo, para los judíos, este no fue el final, sino el comienzo de una diáspora que duraría casi dos milenios, forjando una identidad que, contra todo pronóstico, sobreviviría a la destrucción total de su centro religioso y político. Una ironía cruel: lo que Roma creyó aniquilar, en realidad, dispersó y, en cierto modo, fortaleció.
Fuente: en.wikipedia.org/wiki/AD 70