Victoria Otomana en Mohács Diezma Hungría
Mohács, Hungary
El 29 de agosto de 1526, la llanura húngara no ofrecía refugio. El sol de verano pegaba sin clemencia, cociendo la tierra bajo miles de botas y pezuñas. Durante semanas, la noticia del avance otomano había viajado más rápido que los jinetes, pero ahora, el ejército del sultán Suleimán el Magnífico no era una sombra distante, sino una fuerza palpable, una marea de hombres y acero que se extendía hasta el horizonte, su retaguardia aún a días de marcha.
En el centro de esa vastedad plana, cerca del pueblo de Mohács, el rey Luis II de Hungría y Bohemia, de solo veinte años, esperaba. Su ejército, una coalición de nobles y mercenarios, sumaba unos 25.000 hombres. Enfrente, la vanguardia otomana ya contaba más de 60.000, con el resto de los 100.000 efectivos aún desplegándose lentamente. Los húngaros tenían la ventaja de un terreno familiar y una posición elevada, o eso creían. La moral era una mezcla de fervor religioso y desesperación. Las órdenes se daban a gritos, los estandartes ondeaban bajo un cielo sin nubes, y el olor a sudor, miedo y metal se mezclaba en el aire estancado.
La decisión de presentar batalla en esas circunstancias fue, en retrospectiva, una de esas jugadas donde la audacia roza la fatalidad. El arzobispo Pál Tomori, un ex-soldado convertido en clérigo y ahora comandante del ejército húngaro, optó por un ataque sorpresa. Creía que golpeando el centro otomano antes de que se desplegaran por completo, podrían desorganizar al gigante. El plan era simple: una carga de caballería pesada para romper las líneas y luego una retirada rápida si las cosas se ponían feas. No se puso feo; se puso apocalíptico.
La caballería húngara cargó con ferocidad, abriéndose paso entre las primeras líneas otomanas. Las espadas y lanzas chocaban, la armadura resonaba, y por un momento fugaz, pareció que la audacia podría triunfar. Pero el ejército otomano no era una turba; era una máquina de guerra disciplinada, forjada en décadas de campañas. Los jenízaros, la infantería de élite, mantuvieron la línea, y detrás de ellos, la artillería otomana, más de 300 cañones, empezó a escupir fuego. Una lluvia de proyectiles de plomo y hierro diezmó a los asaltantes. Los cañones otomanos, más ligeros y móviles que los europeos, se habían posicionado con una precisión letal en una llanura donde el movimiento era la única defensa.
La batalla duró apenas dos o tres horas. Una eternidad para los que estaban allí, un parpadeo en la historia. Los húngaros fueron rodeados y aniquilados. Se estima que más de 16.000 soldados húngaros murieron en el campo de batalla o ahogados intentando escapar por los pantanos cercanos. El propio rey Luis II, tras caer de su caballo en la retirada, pereció en el barro de un arroyo, su pesada armadura lo arrastró hasta el fondo. Su muerte marcó el fin de la dinastía Jagellón en Hungría y Bohemia.
Mohács no fue solo una derrota; fue una extinción. La nobleza húngara quedó diezmada, sus obispos caídos, y el reino dividido y ocupado por los otomanos durante 150 años, con una pequeña porción cayendo bajo la influencia de los Habsburgo. El campo de batalla, un día antes una llanura cualquiera, se convirtió en una fosa común, un recordatorio sombrío de cómo un imperio puede cambiar de manos en el espacio de una tarde. Y todo porque, a veces, la solución más directa es también la más letal.