Mamelucos detienen avance mongol en Ain Jalut
Palestine
La primera vez que los mongoles perdieron una batalla, no fue por una fuerza superior ni por un arma secreta. Fue, para ser precisos, porque su líder se marchó a casa para una elección. La ironía, como siempre, tiene un asiento de primera fila en los giros más dramáticos de la historia.
Estamos en 1260. El mundo temblaba bajo la bota de los mongoles, un imperio que se extendía desde Corea hasta Polonia, con la reputación de ser invencibles. Habían arrasado Bagdad, masacrado califas y sultanes. Jerusalén, El Cairo… parecían meros puntos en su lista de conquistas pendientes. Hulagu Khan, nieto de Genghis, comandaba el ejército que se cernía sobre el Levante, una fuerza de unos 120.000 hombres, por entonces el pináculo de la ingeniería bélica montada. Pero entonces, llegó la noticia: Möngke Khan, el Gran Khan, había muerto en Mongolia. Las reglas del juego mongol dictaban que todos los príncipes de la sangre debían regresar a casa para elegir al nuevo líder.
Hulagu, con la vista puesta en el trono imperial, retiró la mayor parte de sus tropas, dejando solo un contingente de quizá 10.000 a 20.000 hombres bajo el mando de Kitbuqa, un general nestoriano que, a pesar de su fe, era ferozmente leal a los Khan. Esta decisión, tomada a miles de kilómetros del fragor que provocaría, es el verdadero telón de fondo de la Batalla de Ain Jalut, o «La Fuente de Goliat», en el valle de Jezreel, Palestina.
Frente a Kitbuqa se encontraban los mamelucos de Egipto, una casta de soldados-esclavos de origen turco, muchos de ellos comprados y entrenados desde niños, que habían llegado a dominar el Sultanato. Su nuevo líder, el Sultán Qutuz, sabía que esta era su única oportunidad. Los mamelucos, a diferencia de otros, no se habían sometido. Su valentía no era heroísmo ciego, sino pragmatismo puro: si perdían, la esclavitud o la muerte los esperaba de nuevo. Tenían la disciplina y la desesperación de quien no tiene nada que perder, salvo la vida que ya les había sido arrebatada una vez.
El 3 de septiembre de 1260, Qutuz y su brillante general Baybars (otro antiguo esclavo) desplegaron una estratagema que pasaría a los anales. Los mamelucos lanzaron un ataque inicial con una pequeña vanguardia, que luego fingió retirarse. Kitbuqa, confiado en la invencibilidad mongola, mordió el anzuelo, persiguiéndolos directamente hacia un valle estrecho donde el grueso del ejército mameluco, escondido entre los olivares, esperaba en emboscada. Fue una trampa de libro, ejecutada con una precisión mortal.
La batalla fue un infierno de flechas y cimitarrazos. Los mongoles, por primera vez, se encontraron superados en número y en posición. Kitbuqa, a pesar de la desesperada situación, luchó hasta el final, negándose a huir. Fue capturado y ejecutado, su cabeza exhibida como trofeo. La victoria mameluca fue aplastante. No fue solo una derrota militar; fue la demolición de un mito. La invencibilidad mongola se había desvanecido, no por un trueno divino, sino por una retirada estratégica de su líder y la astucia de unos antiguos esclavos.
Lo que muchos olvidan es que, mientras los mamelucos celebraban su victoria, Hulagu Khan estaba en su camino de regreso a casa, sumido en las intrigas de la sucesión. No fue la fuerza bruta de un imperio en su apogeo lo que los mamelucos detuvieron, sino un destacamento de un ejército al que le habían extirpado el corazón. Ain Jalut marcó el punto de máxima expansión mongola y la primera vez que se les dijo “no” con éxito. Pero el “por qué” de ese “no” es una historia mucho más enredada que la simple leyenda del valor mameluco, una historia de política interna y de un general que regresó a casa para aspirar a un trono, sin saber que al hacerlo, cerraba sin querer las puertas del mundo al imperio que su abuelo había forjado.
Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Mamluk