El ejército de Saladino obligó a la rendición de Jerusalén después de un asedio que duró del 20 de septiembre al 2 de octubre de 1187. El líder ayubí, sultán Ṣalāḥ ad‑Dīn Yūsuf ibn Ayyūb, tenía unos cincuenta y tres años y había unido Egipto y Siria para presentar un frente militar único contra los estados cruzados. Ordenó a su comandante al‑Afdal ibn Salah al‑Dīn, su sobrino y gobernador de Damasco, que bloqueara las puertas norte de la ciudad mientras las máquinas de asedio golpeaban los muros.
La fuerza defensora estaba al mando de Balian de Ibelín, señor de la ciudad y veterano de batallas anteriores, que tenía aproximadamente cincuenta años. Balian negoció con Saladino después de que los muros fueran violados el 1 de octubre. Crónicas musulmanas contemporáneas registran que Saladino ofreció condiciones: los habitantes podían salir con sus pertenencias por una tarifa de diez dinares por persona, y los lugares sagrados serían preservados de la profanación. Balian aceptó porque la guarnición, estimada en trescientos hombres, no podía repeler a los atacantes, y las bajas civiles habrían sido altas.
La rendición se formalizó el 2 de octubre en la Iglesia del Santo Sepulcro. Saladino entró en la ciudad a pie, acto simbólico registrado por el cronista Ibn al‑Athīr, para demostrar humildad. Ordenó la demolición de la ciudadela cruzada, que albergaba una guarnición de unos cien soldados, y redistribuyó sus piedras para nuevos muros de la ciudad. La administración musulmana nombró a al‑Maqrīzī como nuevo gobernador, encargado de recaudar impuestos y restablecer el orden.
La captura puso fin a casi noventa años de dominio cristiano latino en Jerusalén. Obligó al Reino de Jerusalén, reducido a una franja costera, a solicitar ayuda a Europa. En pocos meses, el rey Ricardo I de Inglaterra y el rey Felipe II de Francia organizaron la Tercera Cruzada, que comenzó en 1189. La pérdida también desplazó las rutas comerciales, ya que los mercaderes redirigieron mercancías a través de Acre, aumentando su importancia como puerto. La carga financiera del rescate y la reconstrucción recayó mayormente en la nobleza cruzada restante, mientras la población musulmana enfrentó nuevas evaluaciones fiscales para financiar la guarnición. El control de Saladino sobre Jerusalén perduró hasta que la ciudad fue recapturada por fuerzas cruzadas en 1229 durante la Sexta Cruzada, ilustrando la volatilidad de la región después de 1187.
Julio César llegó a Alejandría con una flota de doce barcos que transportaban aproximadamente 5.000 legionarios después de marchar 2.000 kilómetros desde Roma. La llegada el 2 de octubre del 48 a.C. fue motivada por su persecución de Pompeyo, quien había huido de la decisiva batalla de Farsalia el 2 de julio del 48 a.C. La fuerza de César estaba organizada en tres escuadrones, cada uno bajo el mando de un centurión senior, una estructura registrada en sus propias crónicas.
El propósito inmediato del desembarco era asegurar una base para futuras operaciones en el Mediterráneo Oriental. El puerto de Alejandría podía acoger embarcaciones de hasta 30 metros de eslora, y los graneros de la ciudad contenían un estimado de 200.000 toneladas de trigo, un suministro que podría alimentar al ejército de César durante varios meses según estimaciones logísticas contemporáneas. El control de este recurso también influiría en las importaciones de grano del Senado romano, un factor señalado por el historiador Suetonio.
A los dos días de desembarcar, César fue informado de que Pompeyo había sido asesinado el 28 de septiembre del 48 a.C., hecho reportado por el escriba de la corte egipcia y posteriormente confirmado por el historiador romano Apiano. La noticia llegó mediante un mensajero que cubrió la distancia de 80 kilómetros desde la ciudad de Pelusio en aproximadamente tres días, un tiempo de viaje coherente con la velocidad media de marcha de 25 km por día para un solo jinete.
La muerte de Pompeyo eliminó al principal rival político que había encabezado la oposición del Senado desde el inicio de la guerra civil en el 49 a.C. El posterior encuentro de César con el rey Ptolomeo XIII, co‑gobernante con su hermana Cleopatra VII, quedó registrado como ocurrido el 5 de octubre del 48 a.C. En esa reunión, César exigió la devolución de los 30 millones de denarios adeudados a Roma por envíos de grano anteriores, suma calculada a partir del precio romano estándar de un denario por modio de trigo. La incapacidad de Ptolomeo para pagar lo obligó a aceptar un tratado que establecía una guarnición romana de 500 soldados en la ciudad, detalle anotado en los archivos alejandrinos.
La consecuencia de la llegada de César y la confirmación de la muerte de Pompeyo fue el rápido cambio de poder en el Mediterráneo Oriental. En seis semanas, César había instalado a Cleopatra como co‑gobernante, asegurado el suministro romano de grano y comenzado la reorganización de la provincia que más tarde se convirtió en la base de la administración oriental del Imperio romano.
El 2 de octubre de 1789 el Congreso de los Estados Unidos transmitió las diez enmiendas que pasarían a conocerse como la Declaración de Derechos a los estados para su ratificación. La Constitución, que había entrado en vigor el 4 de marzo de 1789, creó un gobierno federal con poderes para gravar, regular el comercio y levantar un ejército, pero no contenía una protección explícita de las libertades individuales. La ausencia de tales protecciones había sido un punto importante de controversia durante los debates de ratificación, y muchas convenciones estatales exigieron una declaración de derechos antes de aceptar el nuevo gobierno.
El mecanismo para añadir las enmiendas estaba previsto en el Artículo V de la Constitución. El Artículo V permite que dos tercios de ambas cámaras del Congreso o una convención convocada por dos tercios de las legislaturas estatales propongan enmiendas, y luego requiere la ratificación por tres cuartas partes de los estados. En 1789 James Madison introdujo las enmiendas en la Cámara el 8 de junio, argumentando que preservarían "las libertades del pueblo" y que eran necesarias para asegurar el apoyo de los estados. La Cámara aprobó las enmiendas el 25 de septiembre de 1789 con una votación de 211 a 46, y el Senado concurrió el 28 de septiembre con una votación de 20 a 10.
Tras la aprobación del Congreso, las enmiendas fueron enviadas formalmente a los estados el 2 de octubre. La transmisión requería que el Secretario de Estado enviara copias certificadas a cada gobernador estatal, quien a su vez las remitía a sus legislaturas. La ratificación exigía que cada legislatura estatal, o en dos estados una convención, aprobara una resolución aceptando las enmiendas. Para el 15 de diciembre de 1791, once de los trece estados habían ratificado las diez enmiendas, alcanzando el umbral de tres cuartas partes. New Hampshire, Virginia y Rhode Island fueron los últimos en unirse, completando el proceso el 30 de marzo de 1791.
El efecto inmediato fue que el gobierno federal quedó ahora sujeto a prohibiciones específicas: ninguna ley podía restringir la libertad de expresión, prensa, religión o el derecho a un juicio justo, y los estados no podían alojar soldados en hogares privados sin consentimiento. Estas limitaciones alteraron el equilibrio de poder al restringir la autoridad del Congreso y proporcionar una base legal para la revisión judicial posterior. La Declaración de Derechos también sentó un precedente para futuras enmiendas; la Constitución ha sido enmendada veintisiete veces, cada una siguiendo el mismo proceso del Artículo V establecido en 1789.
La transmisión de la Declaración de Derechos transformó así una Constitución que había sido criticada por carecer de libertades civiles explícitas en un documento que las enumeraba claramente, moldeando la legislación y la cultura política estadounidense para generaciones posteriores.
John André, un mayor británico, fue capturado el 23 de septiembre de 1780 mientras viajaba con ropa civil cerca de Tarrytown, Nueva York. Llevaba papeles que demostraban que estaba negociando la rendición de West Point al general Benedict Arnold, un oficial superior del Ejército Continental. Los documentos identificaban el fuerte, la fuerza de su guarnición y el momento necesario para un asalto británico.
El general George Washington ordenó un juicio militar porque André era un oficial comisionado de un ejército enemigo. El tribunal, compuesto por tres oficiales continentales, lo declaró culpable de espionaje el 29 de septiembre. Washington se negó a intervenir, señalando que la ley de la guerra exigía que un espía fuera castigado con la muerte, sin importar su rango.
André fue llevado al lado norte de Manhattan y ahorcado al pie de lo que hoy es Broadway el 2 de octubre. Tenía 26 años y pidió un entierro formal; sus restos fueron enterrados más tarde en la Abadía de Westminster después de la guerra. La ejecución fue presenciada por unos pocos soldados y un puñado de civiles, y quedó registrada en los diarios del Ejército Continental.
El mecanismo detrás de la ejecución era la práctica establecida en tiempos de guerra de que una persona que recopila información mientras está disfrazada pierde las protecciones concedidas a los combatientes uniformados. Al aplicar esta regla a un oficial británico, el Ejército Continental afirmó que el espionaje sería tratado como delito capital, postura que antes se aplicaba solo a combatientes irregulares. La decisión también reforzó la autoridad de Washington para imponer disciplina y uniformidad legal en todo el ejército.
Antes del ahorcamiento de André, las colonias americanas tenían poca experiencia con juicios formales de espías enemigos. El hecho creó un precedente legal claro de que el espionaje era un crimen punible, no una cuestión de negociación diplomática. Después de la guerra, los Estados Unidos incorporaron este principio en los Artículos de la Confederación y luego en la Constitución, que otorgó al Congreso el poder de definir y castigar la traición y el espionaje. La práctica influyó en leyes posteriores, como la Ley de Espionaje de 1917, que codificó la pena de muerte para ciertos actos de espionaje.
La consecuencia inmediata fue que el complot de West Point fue abortado, evitando una gran pérdida estratégica para las fuerzas continentales. La traición de Arnold se hizo pública y él huyó a las filas británicas. La ejecución también envió un mensaje disuasorio a las redes de inteligencia británicas, limitando su capacidad de operar abiertamente en las colonias. El caso sigue siendo un punto de referencia para los tribunales militares que tratan casos de espionaje.
La caída de Kazán puso fin al estado tártaro independiente que había controlado la zona media del Volga durante dos siglos. Iván IV reunió un ejército de aproximadamente 150 000 hombres, equipado con 30 cañones pesados, y lo trasladó de Moscú a la frontera oriental en la primavera de 1552. El mando ruso, liderado por el Príncipe Alejandro Gorbatyi‑Shuisky, planeó romper los muros de la ciudad con artillería antes de ordenar un asalto de infantería.
El 4 de septiembre las fuerzas rusas alcanzaron los trabajos exteriores de Kazán y comenzaron a construir una serie de trincheras para proteger sus cañones del fuego enemigo. Para el 22 de septiembre la primera bala de cañón había destrozado una sección del muro de piedra cerca de la ciudadela tártara, creando una brecha de 12 metros de ancho. Ese mismo día los ingenieros rusos colocaron una torre de madera, conocida como bastión, contra la abertura para resguardar a las tropas que avanzaban por el hueco.
A las 06:00 del 2 de octubre la infantería, organizada en tres regimientos de unos 5 000 soldados cada uno, avanzó desde el bastión. El primer regimiento aseguró la brecha y se adentró en el patio interior, mientras el segundo despejaba la puerta occidental. El tercer regimiento persiguió a los defensores que huían hacia el palacio. Crónicas rusas contemporáneas registran que 20 000 combatientes tártaros fueron muertos o capturados, mientras que las bajas rusas ascendieron a alrededor de 2 000 muertos y heridos.
Iván entró al palacio del khán el mismo día y proclamó la anexión del Kanato de Kazán al Zarato de Rusia. Ordenó la demolición de la mezquita principal y la construcción de una catedral ortodoxa en su sitio, señalando una política de integración religiosa y cultural. La conquista dio a Rusia el control directo del medio Volga, abrió una ruta comercial permanente hacia el este y eliminó el último gran obstáculo tártaro para la expansión hacia Siberia.
En los meses posteriores al asedio la administración rusa reorganizó la región en el Gobernación de Kazán, nombrando a un gobernador ruso e instalando una guarnición de 10 000 tropas. El antiguo khán, Yadegar Mokhammad, fue tomado prisionero y luego ejecutado. La caída de Kazán se considera, por tanto, el momento decisivo que completó la campaña de Iván para unificar las tierras rusas bajo una sola autoridad y asegurar la frontera oriental del imperio.