Apollo y Soyuz se acoplan en órbita
Earth orbit
Cuando Thomas Stafford apretó el botón para abrir la escotilla entre la cápsula Apolo y la nave Soyuz, a 225 kilómetros sobre el océano Atlántico, sus manos temblaban. No por miedo, sino porque sabía que estaba a punto de hacer algo que parecía imposible hace apenas una década: estrechar la mano de un cosmonauta soviético en el espacio.
Era el 17 de julio de 1975. El mundo estaba en plena Guerra Fría. Los misiles estadounidenses apuntaban hacia Moscú. Los soviéticos apuntaban hacia Washington. Y sin embargo, aquí estaban: cinco hombres —Stafford, Vance Brand y Deke Slayton desde el lado estadounidense; Alexei Leonov y Oleg Makarov desde el lado soviético— a punto de compartir aire, comida y una botella de vodka a 400 metros de altura.
Pero el verdadero milagro no fue la política. Fue la física.
La cápsula Apolo y la Soyuz no podían simplemente chocar como dos autos en un estacionamiento. Viajaban a 28,000 kilómetros por hora. Una colisión a esa velocidad no sería un acoplamiento; sería una explosión. Así que los ingenieros tuvieron que inventar algo que nunca antes había existido: un puerto de atraque universal.
Here estaba el problema. Los estadounidenses usaban presión atmosférica normal en sus cápsulas —10.2 psi— mientras que los soviéticos usaban 10.3 psi. Una diferencia minúscula, pero en el espacio, minúscula mata. Además, la Apolo usaba oxígeno puro; la Soyuz usaba una mezcla de aire. Si abrías una escotilla entre ellas sin un búfer, el oxígeno puro podría encender un fuego descontrolado. Los cosmonautas morirían. Los astronautas también.
Entonces Glynn Lunney, un ingeniero de 35 años de Houston que nunca aparece en las fotos de celebración, diseñó un compartimiento de transición que se acoplaría a ambas naves. Sería un aire intermedio, un espacio donde los presiones y atmósferas podrían reconciliarse. Era como diseñar una puerta que funcionara entre dos mundos completamente diferentes. Lunney pasó meses calculando cada detalle. Si se equivocaba en una décima de pulgada, cinco hombres se asfixiarían en silencio.
Cuando las naves se acercaron la una a la otra, la tensión en las salas de control de Houston y Moscú fue casi palpable. Los radares parpadeaban. Los controladores de misión sostenían la respiración. Leonov, el cosmonauta de 41 años que había sido el primer humano en caminar en el espacio en 1965, escribió en su diario: "Estamos esperando el acoplamiento como si fuera nuestro primer vuelo."
Y entonces pasó. Sin explosiones. Sin desastres. Sin que nadie muriera.
Lo que nadie menciona es que esta misión fue también el último suspiro de algo. Después de 1975, Estados Unidos y la Unión Soviética no volverían a cooperar en el espacio durante casi dos décadas. La Guerra Fría se congeló de nuevo. Los presupuestos espaciales cayeron. La Apolo nunca fue a Marte. La Soyuz se convirtió en un taxi hacia estaciones espaciales soviéticas, nada más.
Stafford y Leonov se abrazaron en ese compartimiento de transición, dos hombres de 45 años que habían vivido toda su vida preparándose para matar al otro en una guerra nuclear. Sonrieron para las cámaras. Brindaron con vodka. Fue el momento más hermoso de cooperación espacial que el mundo vería en mucho tiempo. Nadie lo sabía entonces, pero fue también el último.