Luis XVI arrestado, declarado enemigo del pueblo
París, la mañana del 13 de agosto de 1792, no es la ciudad que la familia real ha conocido. No hay súbditos arrodillados, ni vítores forzados. Solo una multitud, densa y silenciosa por momentos, ruidosa y amenazante por otros, que observa el carruaje de seis caballos que serpentea por las calles. Dentro viaja Luis XVI, el otrora monarca absoluto de Francia, su esposa María Antonieta, sus hijos y su hermana Madame Élisabeth. Han pasado apenas tres días desde el asalto a las Tullerías, el 10 de agosto, cuando la monarquía se desmoronó bajo el peso de la Guardia Nacional y los *fédérés* marselleses. Luis y su familia buscaron refugio en la Asamblea Legislativa, creyendo que allí encontrarían seguridad, un último y patético intento de aferrarse a una corona que ya se les había escurrido de las manos. La Asamblea, bajo la presión de la Comuna insurreccional, votó su “suspensión” y la convocatoria de una Convención Nacional. Lo que la familia no sabe, o quizás ya intuye, es que la suspensión es solo el preámbulo de algo mucho más definitivo. El destino final del carruaje no es otro palacio, sino una prisión.
El objetivo es la Torre del Temple, una fortaleza medieval que evoca siglos de historia y misterio, antigua sede de los Caballeros Templarios. Es un edificio sombrío, macizo, con muros de dos metros de grosor, elegido precisamente por su inexpugnabilidad y su simbolismo. El pueblo de París, que ha visto al rey intentar huir a Varennes un año antes, ya no confía en su monarca. La Comuna de París, el nuevo poder fáctico surgido de la insurrección, exige una custodia inquebrantable. A las siete de la tarde de ese lunes, el carruaje se detiene finalmente frente a la gran puerta del Temple. La multitud ruge con una mezcla de triunfo y resentimiento. Los gendarmes abren las puertas, y la familia real desciende, uno a uno, bajo la atenta y hostil mirada de la guardia y la gente.
Acto seguido, la escena se traslada al interior. Un grupo de oficiales de la Comuna, con semblante grave y autoritario, se presenta ante el rey. No hay protocolos, no hay reverencias. El otrora “Rey Sol” es ahora Luis Capeto, un ciudadano despojado de todo título. Le informan que, por orden del pueblo soberano, ha sido formalmente arrestado y que la Torre del Temple será su residencia. Las palabras son directas, sin eufemismos. Se le confisca cualquier objeto de valor, se le prohíbe cualquier comunicación con el exterior sin autorización. El rey escucha, con una dignidad que se confunde con resignación, o quizás con la incomprensión de alguien que siempre ha vivido en una burbuja. Ya no es el jefe de estado, sino el prisionero del estado, y más aún, un prisionero del pueblo que una vez juró proteger. El control ya no está en sus manos; ahora lo ejerce una nación.
Este momento, a las puertas de la Torre del Temple, el 13 de agosto de 1792, sella el destino de la monarquía francesa. Es el punto de no retorno. La Asamblea, que lo había “suspendido”, cede el paso a la Convención Nacional, que abolirá oficialmente la monarquía el 21 de septiembre. La detención de Luis XVI no es solo un cambio de residencia, sino la declaración implícita de que el rey es ahora un enemigo público. Es el hombre que personificaba a la nación, ahora su antagonista. De las 2,800 personas que fueron encarceladas en el Temple durante la Revolución, muchas no salieron con vida. Luis XVI sería el primero de los más ilustres en no hacerlo, apenas cinco meses después de entrar por aquellas puertas. La ironía de un rey encerrado en una fortaleza construida por una orden militar que él mismo había suprimido siglos atrás, no pasó desapercibida para los observadores más agudos.
Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Louis XVI