Colón Llega a las Islas Canarias en su Primer Viaje
Canary Islands, Spain
Es el 12 de agosto de 1492. No hay tambores, ni multitudes vitoreando, solo el persistente chirrido de una bomba de achique. La expedición de Cristóbal Colón no está haciendo historia, está intentando sobrevivir al Atlántico. Y en este momento, eso significa amarrar en La Gomera, la más pequeña de las Islas Canarias, para solucionar un problema bastante prosaico: el timón de la Pinta, dañado por una tormenta, y la vela de la Niña, que simplemente no era la adecuada para lo que se avecinaba.
Colón, un genovés de unos 41 años, cuya verdadera fecha de nacimiento es un misterio tan elusivo como su destino final, se aferraba a sus cálculos con una fe que rozaba la terquedad. Él no era un cartógrafo cualquiera; era un hombre convencido de que Asia estaba a un tiro de piedra del Atlántico, una idea que, con el debido respeto a su audacia, era fundamentalmente errónea. Pero su error era el motor de este viaje. Junto a él, Martín Alonso Pinzón, el experimentado marinero de Palos, de unos 50 años, capitán de la Pinta y socio inversor en la aventura, probablemente observaba la fe de Colón con una mezcla de admiración y un realismo más pegado a la sal del mar. Pinzón, de hecho, había ayudado a reclutar a muchos de los 90 hombres a bordo, prometiéndoles riquezas y, quizás, el regreso a casa.
Los marineros, en su mayoría andaluces, algunos veteranos endurecidos por las rutas mediterráneas, otros jóvenes asustados que nunca habían visto el horizonte sin tierra, se afanaban en las reparaciones. Diego de Arana, el alguacil de la Santa María, pariente de la amante de Colón, probablemente supervisaba el cargamento de leña, agua dulce, carne salada y quesos de cabra. Estos hombres no pensaban en el «descubrimiento de un nuevo mundo»; pensaban en la siguiente comida, en el calor del sol canario después de las brisas atlánticas, y en la posibilidad de que sus pequeñas carabelas resistieran lo que fuera que les esperaba más allá de estas últimas islas conocidas.
La Gomera era, en ese momento, una avanzadilla europea, un crisol de colonos castellanos y los últimos vestigios de la cultura guanche. La flota de Colón, con sus tres barcos (la Santa María, la Pinta y la Niña), no era una visión única para los habitantes de San Sebastián de La Gomera. Durante semanas, la gente local, acostumbrada al ir y venir de los barcos que comerciaban con azúcar y esclavos, observó las reparaciones. Los marineros, mientras tanto, no solo reparaban timones, sino que también se reabastecían de valor, o al menos de la ilusión de tenerlo, antes de adentrarse en lo que muchos creían que era el borde del mundo.
Uno de los detalles más curiosos de esta escala es que Colón tuvo un romance con la gobernadora de La Gomera, Beatriz de Bobadilla y Ossorio, una mujer de carácter fuerte, conocida por su belleza y su pasado turbulento. La historia cuenta que la Santa María permaneció anclada en el puerto de San Sebastián más tiempo del necesario, quizás por los encantos de la gobernadora o quizás por la necesidad de una pieza crucial que tardaba en llegar para la Pinta, fabricada por un carpintero local. Los hombres a bordo, por su parte, aprovechaban para intercambiar baratijas por productos frescos y para visitar las tabernas antes de que el mundo conocido se desvaneciera en su estela.
Finalmente, el 6 de septiembre, con los barcos reparados y reabastecidos, Colón zarpa. Atrás deja las últimas luces de Europa, la comodidad de la tierra firme y, quizás, un último romance. Los marineros miran hacia el oeste, hacia un horizonte vacío, sin saber que sus esfuerzos en reparar un timón y ajustar una vela en las Canarias no eran el final de su viaje, sino el umbral de una transformación global que nadie, y menos que nadie ellos mismos, podría haber imaginado. Lo que quedaba era la inmensidad azul y la certeza de que, para bien o para mal, no había vuelta atrás.