Los visigodos saquean Roma por primera vez en 800 años
Rome, Italy
Imaginen la escena: Roma, la Ciudad Eterna, el corazón palpitante de un imperio que se extendía desde las nieves de Britania hasta los desiertos de Oriente. Una ciudad que, a lo largo de ocho siglos, había aprendido a ver a sus enemigos como meros inconvenientes temporales. Una ciudad que, con la única excepción de un breve susto galo en el 390 a.C., no había visto a un invasor en sus muros desde los tiempos de los reyes. Y entonces, en la noche del 24 de agosto del año 410, ocurrió lo impensable. Pero lo que la mayoría olvida es que esta catástrofe no fue un relámpago en cielo sereno, sino el resultado de un divorcio muy, muy complicado.
El protagonista de este drama, Alarico, no era el salvaje sediento de sangre que la historia popular a veces pinta. Era un godo, sí, pero uno que había pasado años intentando, con una paciencia que hoy calificaríamos de admirable, negociar un lugar para su pueblo dentro de la estructura romana. Quería tierras, reconocimiento, y un puesto de general romano para él mismo. A fin de cuentas, sus hombres eran combatientes excepcionales que Roma había utilizado en innumerables ocasiones como carne de cañón contra otros enemigos. Lo que pedía era una pensión digna, no la aniquilación del imperio.
El problema era Honorio, el emperador occidental, un hombre que prefería la compañía de sus gallinas en la inexpugnable Rávena a la de sus generales en el campo de batalla. Honorio era, digamos, un negociador de la escuela de “mañana te doy un cheque, pasado mañana te digo que se me olvidó la cartera”. Y Alarico se cansó. Roma había sido sitiada por los visigodos ya dos veces en los años anteriores. En el 408, Alarico pidió un rescate modesto: 5.000 libras de oro, 30.000 libras de plata, 4.000 túnicas de seda, 3.000 pieles teñidas de púrpura y 3.000 libras de pimienta. Los romanos pagaron. Pero las promesas de tierras y títulos siempre se evaporaban.
La gota que colmó el vaso fue la ejecución de Estilicón, el último gran general romano de origen vándalo, un hombre que había defendido el imperio con una habilidad militar formidable durante décadas, incluso contra el propio Alarico en varias ocasiones. Estilicón, que había intentado mediar con Alarico y veía el valor de un acuerdo, fue asesinado por intrigas de la corte de Honorio. Sin Estilicón, Roma perdió a su mejor defensa y a su voz más sensata. Alarico, al ver que la diplomacia era un callejón sin salida y que su principal interlocutor romano había sido eliminado por su propio bando, se quedó sin opciones.
Así, tras un tercer asedio, las puertas Salaria se abrieron, ya sea por traición o por la desesperación de los esclavos hambrientos. Los visigodos entraron. Pero, ¿fue una masacre? No exactamente. Alarico, un cristiano arriano, ordenó a sus hombres respetar las iglesias y no derramar sangre sin necesidad. Los saqueos duraron solo tres días, un "blitz" sorprendentemente corto. Se llevaron objetos de valor, oro, plata, pero la ciudad no fue incendiada sistemáticamente ni sus habitantes masacrados en masa. En comparación con el saqueo de los Vándalos de Genserico 45 años después, que duró catorce días, el episodio de Alarico fue casi un robo de guante blanco.
Lo más irónico es que, pocos meses después, Alarico murió de forma inesperada. Sus hombres, en un acto de respeto y secreto, desviaron el río Busento, enterraron a su líder con sus tesoros en el lecho seco, y luego hicieron que el río volviera a su cauce, matando a todos los esclavos que participaron para que el lugar de descanso final de su rey nunca fuera descubierto. El hombre que había humillado a Roma, y que solo quería un pedazo de tierra para vivir en paz bajo el sol, terminó durmiendo para siempre bajo las aguas, y el imperio, aunque tambaleándose, aún tardaría 66 años en caer definitivamente.