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Guerra y conflicto

Los visigodos saquean Roma por primera vez en 800 años

Rome, Italy

Los visigodos saquean Roma por primera vez en 800 años — Rome, Italy
Imagen: Joseph-Noël Sylvestre · Public domain

Imaginen la escena: Roma, la Ciudad Eterna, el corazón palpitante de un imperio que se extendía desde las nieves de Britania hasta los desiertos de Oriente. Una ciudad que, a lo largo de ocho siglos, había aprendido a ver a sus enemigos como meros inconvenientes temporales. Una ciudad que, con la única excepción de un breve susto galo en el 390 a.C., no había visto a un invasor en sus muros desde los tiempos de los reyes. Y entonces, en la noche del 24 de agosto del año 410, ocurrió lo impensable. Pero lo que la mayoría olvida es que esta catástrofe no fue un relámpago en cielo sereno, sino el resultado de un divorcio muy, muy complicado.

El protagonista de este drama, Alarico, no era el salvaje sediento de sangre que la historia popular a veces pinta. Era un godo, sí, pero uno que había pasado años intentando, con una paciencia que hoy calificaríamos de admirable, negociar un lugar para su pueblo dentro de la estructura romana. Quería tierras, reconocimiento, y un puesto de general romano para él mismo. A fin de cuentas, sus hombres eran combatientes excepcionales que Roma había utilizado en innumerables ocasiones como carne de cañón contra otros enemigos. Lo que pedía era una pensión digna, no la aniquilación del imperio.

El problema era Honorio, el emperador occidental, un hombre que prefería la compañía de sus gallinas en la inexpugnable Rávena a la de sus generales en el campo de batalla. Honorio era, digamos, un negociador de la escuela de “mañana te doy un cheque, pasado mañana te digo que se me olvidó la cartera”. Y Alarico se cansó. Roma había sido sitiada por los visigodos ya dos veces en los años anteriores. En el 408, Alarico pidió un rescate modesto: 5.000 libras de oro, 30.000 libras de plata, 4.000 túnicas de seda, 3.000 pieles teñidas de púrpura y 3.000 libras de pimienta. Los romanos pagaron. Pero las promesas de tierras y títulos siempre se evaporaban.

Los visigodos saquean Roma por primera vez en 800 años — Rome, Italy
Imagen: Shepherd, William R. · Public domain

La gota que colmó el vaso fue la ejecución de Estilicón, el último gran general romano de origen vándalo, un hombre que había defendido el imperio con una habilidad militar formidable durante décadas, incluso contra el propio Alarico en varias ocasiones. Estilicón, que había intentado mediar con Alarico y veía el valor de un acuerdo, fue asesinado por intrigas de la corte de Honorio. Sin Estilicón, Roma perdió a su mejor defensa y a su voz más sensata. Alarico, al ver que la diplomacia era un callejón sin salida y que su principal interlocutor romano había sido eliminado por su propio bando, se quedó sin opciones.

Así, tras un tercer asedio, las puertas Salaria se abrieron, ya sea por traición o por la desesperación de los esclavos hambrientos. Los visigodos entraron. Pero, ¿fue una masacre? No exactamente. Alarico, un cristiano arriano, ordenó a sus hombres respetar las iglesias y no derramar sangre sin necesidad. Los saqueos duraron solo tres días, un "blitz" sorprendentemente corto. Se llevaron objetos de valor, oro, plata, pero la ciudad no fue incendiada sistemáticamente ni sus habitantes masacrados en masa. En comparación con el saqueo de los Vándalos de Genserico 45 años después, que duró catorce días, el episodio de Alarico fue casi un robo de guante blanco.

Los visigodos saquean Roma por primera vez en 800 años — Rome, Italy
Imagen: Photographed by User:Bullenwächter · CC BY-SA 3.0

Lo más irónico es que, pocos meses después, Alarico murió de forma inesperada. Sus hombres, en un acto de respeto y secreto, desviaron el río Busento, enterraron a su líder con sus tesoros en el lecho seco, y luego hicieron que el río volviera a su cauce, matando a todos los esclavos que participaron para que el lugar de descanso final de su rey nunca fuera descubierto. El hombre que había humillado a Roma, y que solo quería un pedazo de tierra para vivir en paz bajo el sol, terminó durmiendo para siempre bajo las aguas, y el imperio, aunque tambaleándose, aún tardaría 66 años en caer definitivamente.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Sack of Rome (410)

Guerra y conflicto

El Imperio Otomano derrota a los mamelucos en la Batalla de Marj Dabiq, capturando Siria

Marj Dabiq, Syria

El Imperio Otomano derrota a los mamelucos en la Batalla de Marj Dabiq, capturando Siria — Marj Dabiq, Syria
Imagen: Chamboz · CC BY-SA 4.0

Imaginen por un momento la caballería mameluca. Durante siglos, fueron la élite militar indiscutible de Oriente Medio, una fuerza que había rechazado a los mongoles y a los cruzados. Estos hombres, muchos de ellos esclavos-soldados de origen turco o circasiano, eran la encarnación de la habilidad ecuestre y la destreza con la espada. Su orgullo era tan vasto como los desiertos que patrullaban, y su técnica, la misma que había dominado los campos de batalla desde los tiempos de Saladino. ¿Qué podría oponerse a una carga de miles de jinetes, cada uno una máquina de guerra viviente? La respuesta, en agosto de 1516, no fue otra caballería más audaz, sino algo mucho más ruidoso y menos… caballeresco.

En la llanura de Marj Dabiq, al norte de Alepo, Siria, se encontraron dos mundos. Por un lado, el sultán mameluco Qansuh al-Ghawri, un hombre de casi ochenta años, liderando a sus jinetes con la convicción de una tradición invicta. Por el otro, Selim I, el sultán otomano, conocido como “el Severo”, con una visión de imperio que superaba las nostalgias medievales. La “trampa” que Selim tendió no era una trinchera oculta, sino una revolución tecnológica.

Los otomanos desplegaron una formación que debió parecer una abominación a los ojos mamelucos: un centro anclado por miles de jenízaros, la infantería de élite otomana, armados con arcabuces. Delante de ellos, una línea de pesados cañones de bronce, encadenados para evitar que los flanquearan. La caballería mameluca, fiel a su credo, cargó con furia. Pero esta vez, no se encontraron con una línea de infantería que pudieran romper o flanquear con facilidad. Lo que les esperaba era una muralla de fuego y humo.

El Imperio Otomano derrota a los mamelucos en la Batalla de Marj Dabiq, capturando Siria — Marj Dabiq, Syria
Imagen: Chamboz (talk · contribs) · CC BY-SA 4.0

El mecanismo era brutalmente simple pero devastadoramente efectivo. Los cañones abrieron brechas entre las filas mamelucas antes de que pudieran acercarse, y los jenízaros, disciplinados y bien entrenados, disparaban andanadas de mosquetes. Era una carnicería a distancia, una ventaja impensable para una infantería estática contra la movilidad de la caballería. Los mamelucos consideraban las armas de fuego como cobardes, “el arma de los que no saben usar la espada”. Y, sin embargo, esa cobardía técnica estaba destrozando su mundo.

Cuando el sultán Qansuh al-Ghawri cayó de su caballo, ya fuera por un golpe, un ataque de apoplejía o simplemente la desesperación, la batalla estaba decidida. Lo que había sido imposible para siglos de ejércitos –detener una carga mameluca con infantería– se había vuelto una cruda realidad. La victoria otomana no fue solo territorial, capturando Siria y abriendo el camino a Egipto, sino que fue una declaración: la guerra había cambiado. La maestría del caballo y la espada, la herencia de mil años de batallas, acababa de ser superada por el estruendo de la pólvora. A partir de ese día, el control de las ciudades santas del Islam y las rutas comerciales del Levante no dependería de la gracia de un jinete, sino de la fundición de cañones y la disciplina de la infantería armada con fusiles. Y así, el mundo se hizo un poco más ruidoso y, para algunos, un poco menos honorable.

El Imperio Otomano derrota a los mamelucos en la Batalla de Marj Dabiq, capturando Siria — Marj Dabiq, Syria
Imagen: Chamboz · CC BY-SA 4.0

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Ottoman Empire

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