Odoacro Proclamado Rey de Italia, Fin del Imperio Romano de Occidente
Italy
A veces, el fin de una era no llega con el estruendo de una trompeta o el colapso de un muro, sino con el modesto traqueteo de una mula cargando una diadema imperial. El 4 de septiembre del año 476, en la opulenta, pero ya por entonces algo oxidada, Ravenna, un joven de unos dieciséis años llamado Rómulo Augústulo fue despojado de sus vestiduras púrpuras. Su nombre, una cruel broma del destino, evocaba al fundador de Roma y a su primer emperador. Él era, en cambio, el último, un monarca-niño cuya mayor habilidad era firmar los edictos que su padre, el general Orestes, le ponía delante.
El día anterior, la fachada de la autoridad imperial romana, aunque agrietada y remendada, seguía en pie. Todavía existía un “emperador” en Occidente, un título que, a pesar de su vacía resonancia, mantenía la ilusión de una continuidad milenaria. Los ciudadanos, o lo que quedaba de ellos, vivían bajo la sombra de un poder que, si bien incapaz de protegerlos eficazmente de las incursiones bárbaras, al menos ofrecía una estructura, una referencia, una promesa de orden. Se asumía que, por muy mal que fuera todo, siempre habría un emperador en Roma, o al menos en Italia, un faro de civilización, por tenue que fuese. Los senadores, con su pomposa gravitas, seguían reuniéndose, debatiendo, y en el fondo, esperando que la interminable crisis se resolviera con una nueva purga palaciega y un nuevo títere en el trono.
Pero Odoacro, el jefe de los hérulos, los esciros y otros contingentes germánicos que formaban el grueso del ejército de Italia, tenía otras ideas. Sus tropas, mercenarios antes que leales, habían exigido tierras para asentarse, un pago por sus servicios a un imperio que apenas podía pagar sus propias deudas. Orestes, el padre de Rómulo, se había negado. La respuesta de Odoacro fue contundente: asedió Pavía, capturó a Orestes y lo ejecutó. La siguiente parada fue Ravenna.
El 4 de septiembre, sin una batalla épica, sin un gran baño de sangre en la capital, Odoacro depuso a Rómulo Augústulo. No lo mató, lo cual ya era un gesto de una sorprendente, casi burguesa, modernidad para la época. En su lugar, le concedió una pensión y lo envió al exilio a una villa en Campania. Y aquí reside la sutil, pero demoledora, ironía: Odoacro no se proclamó emperador. Envió las insignias imperiales —la diadema, la capa púrpura— al emperador de Oriente, Zenón, en Constantinopla, declarando que un solo emperador era suficiente para ambos mundos. Él mismo adoptó el título de *rex Italiae*, “Rey de Italia”.
El cambio fue instantáneo y profundo. De la noche a la mañana, el concepto de un Imperio Romano de Occidente, con su linaje de Césares y su pretensión de gobierno universal, dejó de existir. No hubo un colapso apocalíptico, sino una renuncia burocrática, una admisión de que el espectáculo ya no valía la pena. Un jefe germánico, que apenas unos años antes era un oscuro líder tribal, ahora gobernaba Italia con el beneplácito de lo que quedaba del Senado romano. La gente se fue a dormir con un emperador y despertó con un rey bárbaro, y la mayoría, probablemente, lo único que notó fue que la recaudación de impuestos seguía siendo igual de eficiente. La Antigüedad tardía, con sus últimos estertores imperiales, había cedido el paso a algo nuevo, a la Edad Media, no con un rugido, sino con el suspiro cansado de un adolescente que entregaba su corona.
Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Odoacer