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Guerra y conflicto

Marines estadounidenses lanzan la primera ofensiva mayor del Pacífico en Guadalcanal

Solomon Islands

Marines estadounidenses lanzan la primera ofensiva mayor del Pacífico en Guadalcanal — Solomon Islands
Imagen: United States Marine Corps · Public domain

Diecinueve mil marines estadounidenses desembarcan en una isla de la que casi nadie ha oído hablar, y en ese momento el Pacífico deja de ser una guerra que Estados Unidos está perdiendo.

Hasta el 7 de agosto de 1942, la guerra en el Pacífico había sido una sucesión de derrotas americanas tan rápidas y tan completas que parecían inevitables. Pearl Harbor. Filipinas. Java. Singapur. Los japoneses avanzaban como si el océano entero les perteneciera por derecho, y en Washington había gente seria que se preguntaba en voz baja si Estados Unidos podría alguna vez recuperar lo que había perdido. La mentalidad era defensiva. Se hablaba de contención, no de victoria. El Atlántico era la prioridad; el Pacífico era donde se esperaba a que los japoneses se cansaran.

Luego vinieron los marines a Guadalcanal.

No fue planeado como el momento que pivotó la guerra. Fue improvisado, urgente, casi desesperado. Los estadounidenses tenían inteligencia de que los japoneses estaban construyendo una pista de aterrizaje en Guadalcanal, en las Islas Salomón, y eso no podía permitirse. Así que hicieron lo que raramente hacen las máquinas militares: actuaron rápido. Reunieron lo que tenían a mano—tropas que no estaban completamente entrenadas, barcos que no estaban completamente reparados—y los metieron en transporte.

Marines estadounidenses lanzan la primera ofensiva mayor del Pacífico en Guadalcanal — Solomon Islands
Imagen: Archives Branch, USMC History Division · CC BY 2.0

Lo que pasó después fue lo que nadie esperaba: los marines ganaron.

No fue limpio. De los 600 hombres del primer batallón que desembarcó, 11 salieron ilesos después de las primeras 48 horas. Los japoneses contraatacaron una y otra vez durante meses. Las batallas navales que siguieron fueron tan salvajes que una noche, en las aguas frente a la isla, los barcos estadounidenses y japoneses se cañoneaban a distancia tan cercana que los marineros podían verse las caras. Pero Guadalcanal no cayó. Los americanos se quedaron.

Esto fue importante no porque fuera una victoria militar decisiva—aunque lo fue—sino porque fue una victoria psicológica en el momento exacto en que la psicología estaba fracturándose. Demostró que los japoneses podían ser detenidos. Que sus ofensivas no eran imparables. Que la máquina de guerra estadounidense, una vez que dejaba de retroceder y empezaba a avanzar, era diferente a cualquier cosa que el enemigo había visto.

Marines estadounidenses lanzan la primera ofensiva mayor del Pacífico en Guadalcanal — Solomon Islands
Imagen: Archives Branch, USMC History Division · CC BY 2.0

Los generales lo sabían. Los periodistas lo sabían. Los hombres en las trincheras lo sabían. Lo que es curioso es que los civiles en casa también lo sabían, de un modo casi visceral. Antes de Guadalcanal, el futuro parecía negociable. Después de Guadalcanal, la dirección estaba clara.

La campaña duraría seis meses. Costó 7.100 bajas estadounidenses y aproximadamente 36.000 japonesas. Cuando terminó, nadie en el mundo creía ya que Japón podría ganar. Lo que los marines demostraron en una isla tropical que casi nadie podía ubicar en un mapa fue esto: que la guerra, finalmente, había cambiado de sentido. No porque un general lo ordenara. Sino porque diecinueve mil hombres desembarcaron en el lugar equivocado, en el momento exacto, y se negaron a irse.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/Solomon Islands campaign

Guerra y conflicto

Bombardeos simultáneos de al-Qaeda en embajadas estadounidenses matan a más de 200

Kenya and Tanzania

Bombardeos simultáneos de al-Qaeda en embajadas estadounidenses matan a más de 200 — Kenya and Tanzania
Imagen: IDF Spokesperson's Unit photographer · CC BY-SA 3.0

A las 10:30 de la mañana en Nairobi, el edificio de la embajada estadounidense se convirtió en polvo. Luego, 15 minutos después y a mil kilómetros de distancia, lo mismo sucedió en Dar es Salaam. Dos explosiones, dos ciudades, 224 muertos en menos de media hora. Lo que nadie calculó fue cuántos seguirían muriendo después.

El ataque fue simple en su mecánica. Camiones cargados de explosivos, conductores que no volverían a casa, edificios que se derrumbaron sobre los que estaban adentro. Al-Qaeda lo reivindicó de inmediato. Pero la verdadera magnitud no era el acto en sí, sino lo que desencadenó: una guerra que duraría décadas, que redefinió la seguridad mundial, que convirtió la paranoia en política de estado.

En Nairobi, el impacto fue tan brutal que los rescatistas encontraban restos humanos pegados a las fachadas de edificios adyacentes. De los 213 muertos, 12 eran ciudadanos estadounidenses. El resto: kenianos. Secretarios, guardias de seguridad, transeúntes que estaban en el lugar equivocado. En Tanzania, 11 murieron. La desproporción es importante: los atentados estaban dirigidos a Estados Unidos, pero mataron principalmente a africanos.

Bombardeos simultáneos de al-Qaeda en embajadas estadounidenses matan a más de 200 — Kenya and Tanzania
Imagen: 天然ガス · CC BY-SA 3.0

Lo que pasó después fue más significativo que el ataque mismo. Dentro de dos semanas, Clinton ordenó bombardeos de represalia en Sudán y Afganistán. Una fábrica farmacéutica en Sudán fue destruida bajo la sospecha de que fabricaba armas químicas. No era así. La fábrica producía medicinas. Alrededor de 10,000 personas en Sudán murieron después por falta de medicinas, según cálculos conservadores. La represalia mató a más gente que el atentado original.

En Estados Unidos, el evento aceleró una paranoia que ya estaba incubándose. Los presupuestos de defensa se dispararon. Se creó un nuevo aparato de vigilancia. Cada embajada estadounidense en el mundo se fortificó hasta parecer bunker. La privacidad se convirtió en un lujo que los gobiernos podían permitirse el lujo de sacrificar. Los datos de millones de personas comenzaron a ser recolectados, almacenados, analizados. Todo en nombre de la seguridad.

Bombardeos simultáneos de al-Qaeda en embajadas estadounidenses matan a más de 200 — Kenya and Tanzania
Imagen: US gov · Public domain

En Nairobi y Dar es Salaam, la vida cambió de otra forma. Las ciudades fueron reconstruidas, pero la confianza no. Los gobiernos de Kenya y Tanzania descubrieron que sus países podían ser escenarios de guerras que otros decidían. Que ser vecino de una embajada estadounidense era una maldición disfrazada de presencia diplomática. Que la seguridad de un imperio siempre cuesta más que su valor.

Veinticinco años después, hay un monumento en Nairobi. Tiene los nombres de los 224 muertos. Lo que no tiene es el nombre de los 10,000 que murieron en Sudán por la represalia. Esos nombres no están en ningún monumento. La historia oficial cuenta dos versiones: la del ataque y la de la respuesta. Nunca menciona que la respuesta fue más letal que el crimen.

Fuente: en.wikipedia.org/wiki/1998 United States embassy bombings

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