Stalin tenía 1.600 kilómetros de frontera con Japón y no pensaba dejarla tranquila.
El 8 de agosto de 1945, a las once de la noche, Moscú hizo oficial lo que ya estaba sucediendo en las sombras: la Unión Soviética declaraba la guerra a Japón. No fue un susurro diplomático. Fue un telegrama de 80 palabras que atravesó cables internacionales y llegó a Tokio como una bofetada. Tres meses. Eso era todo lo que Stalin había prometido a Roosevelt en Teherán: esperar tres meses después de que Alemania cayera, y luego atacar. Alemania se rindió el 7 de mayo. La cuenta atrás terminaba esta noche.
Lo que sucedió después fue un ejercicio de brutalidad industrial a escala que pocos conflictos en la historia han igualado. En menos de nueve días —nueve—, los soviéticos invadieron Manchuria con 1.5 millones de soldados. Para dimensionarlo: eso era más de lo que Japón tenía en toda la región. Los Kwantung, el ejército japonés estacionado allí, apenas sumaban 700.000 hombres, y la mayoría estaba hambriento, mal equipado y ya derrotado antes de que llegaran los rusos. Muchos habían sido reasignados a otros teatros de guerra donde la situación era aún más desesperada.
Los soviéticos avanzaron 800 kilómetros en dos semanas. Dos semanas. No fue una campaña militar en el sentido tradicional; fue una máquina trituradora que se movía según las órdenes de Gueorgui Zhúkov, el general que había destrozado a los alemanes en Berlín apenas tres meses antes. Ahora dirigía 1.5 millones de hombres, 5.500 tanques y 3.700 aviones hacia el oeste de Manchuria. Los números suena como propaganda hasta que ves lo que pasó: de los 700.000 japoneses, casi 600.000 fueron capturados o murieron en nueve días.
Pero aquí está lo que ningún historiador militar esperaba: Japón se rindió el 15 de agosto, una semana después. No porque los soviéticos hubieran conquistado Tokio —estaban a 2.000 kilómetros de distancia— sino porque la entrada de la Unión Soviética en la guerra hizo colapsar el último argumento del gobierno japonés. Si existía esperanza de negociar con los estadounidenses jugando a los soviéticos contra ellos, esa esperanza murió el 8 de agosto a las once de la noche.
Toda la operación costó a los soviéticos 8.000 muertos. Ocho mil. Fue una victoria tan rápida, tan completa, que Stalin consiguió exactamente lo que quería: Manchuria bajo control soviético, los Territorios de Sajalín, derechos en Corea, y un asiento en la mesa cuando se repartiera el futuro de Asia. Japón se rindió antes de que los soviéticos pudieran llegar a la isla de Honshu. Fue el conflicto más corto de la Segunda Guerra Mundial, y el más decisivo que nadie recuerda.
Lo irónico es que esa victoria relámpago en Manchuria es la razón por la que Corea se dividió en dos, por la que China se convirtió en comunista, por la que la Guerra Fría comenzó exactamente donde Stalin había planeado que comenzara. Todo sucedió en nueve días. Japón se rindió a Estados Unidos, pero la guerra la ganó un ejército que apenas tuvo tiempo de disparar.
A las tres de la madrugada del 21 de agosto de 1968, los tanques soviéticos cruzaron la frontera checoslovaca sin que nadie los invitara. No hubo declaración de guerra. No hubo ultimátum. Solo el sonido de 200.000 soldados y 2.000 vehículos blindados entrando en un país que, semanas antes, había cometido el error de creer que podía reformarse desde adentro.
Lo que los tanques vinieron a destruir se llamaba la Primavera de Praga, y fue quizá el momento más ingenuo de la Guerra Fría: la idea de que el comunismo podía ser humano. Alexander Dubček, el nuevo líder checoslovaco, había llegado al poder en enero con un programa modesto pero radical para la época—permitir más libertad de prensa, descentralizar la economía, rehabilitar a los políticos purgados años atrás. Nada de esto significaba abandonar el socialismo. Dubček creía sinceramente que podía tener ambas cosas: comunismo y libertad. Moscú observaba y sudaba.
Para el Kremlin, la Primavera de Praga no era una reforma. Era una infección. Si Checoslovaquia podía cuestionar la autoridad central, ¿qué impedía que Polonia, Hungría o la misma Alemania Oriental hicieran lo mismo? El imperio soviético no estaba construido sobre el consentimiento. Estaba construido sobre la obediencia sin preguntas. Y Dubček estaba haciendo preguntas.
Lo extraordinario es que Moscú ni siquiera intentó ocultarlo como una operación de seguridad. Leonid Brézhnev justificó la invasión invocando la doctrina que llevaría su nombre: la Unión Soviética tenía derecho a intervenir en cualquier país socialista si consideraba que el socialismo estaba en peligro. Era una declaración sin disfraz: los satélites no tenían soberanía. Tenían permiso.
La resistencia fue valiente e inútil. Los checoslovacos se paraban frente a los tanques. Escribían consignas en los muros. Un joven llamado Jan Palach se inmolaría semanas después, en protesta. Los tanques avanzaron de todas formas. En cuestión de días, Dubček fue arrestado y llevado a Moscú para que le explicaran cómo había fracasado en su trabajo.
Pero aquí está lo que cambió: antes de 1968, la mayoría de Occidente creía que los soviéticos eran impredecibles, que quizá respetaban ciertos límites. Después de agosto, quedó claro que no había límites. El mensaje fue transmitido con la claridad de un tanque atravesando una plaza. Y durante los siguientes veinte años, ningún otro líder de Europa del Este volvería a intentarlo.
Dubček sobrevivió a la ocupación. Murió en 1992, en un accidente automovilístico en Praga, durante el apogeo de la libertad que finalmente llegó después de que la Unión Soviética se derrumbara. Pasó casi un cuarto de siglo esperando ver el mundo que había intentado crear durante aquella primavera ingenua. La ironia es que los tanques que vinieron a salvar el socialismo terminarían siendo el primer síntoma de su enfermedad terminal.