La flota de Magallanes parte para la primera circunnavegación
Seville, Spain
El sol de agosto, implacable sobre el Guadalquivir, cocía el aire de Sevilla. En los muelles de las Mulas, la escena era un hervidero de lo cotidiano: el pregón de los vendedores, el traqueteo de carretas cargadas de provisiones, el grito de los marineros que, con un ojo en el horizonte y otro en la taberna, aseguraban las últimas amarras. Cinco barcos, la <i>Trinidad</i>, la <i>San Antonio</i>, la <i>Concepción</i>, la <i>Victoria</i> y la <i>Santiago</i>, mecían sus mástiles como si ya sintieran la inmensidad del océano. No era la primera vez que Sevilla despedía una flota hacia lo desconocido, ni sería la última. El ambiente era de rutina, de un negocio arriesgado pero familiar, no de un hito que redefiniría para siempre la geografía humana.
Sin embargo, el 10 de agosto de 1519, lo que se ponía en marcha era una obsesión que llevaba años gestándose en la mente de un portugués tozudo y desairado. Fernando de Magallanes, un veterano de las guerras orientales, estaba convencido de que existía un paso occidental hacia las lucrativas Islas de las Especias, un atajo que el Tratado de Tordesillas había dejado convenientemente del lado español. Para cuando los cinco barcos levaron anclas, Magallanes había pasado casi una década intentando convencer a la corte portuguesa de su plan, solo para ser rechazado, tildado de visionario o, peor aún, de traidor, al ofrecer sus servicios a la Corona española. Es un detalle menor, pero significativo: su viaje, uno de los más grandes de la historia, comenzó con un hombre esencialmente despedido de su trabajo anterior.
La tripulación, una mezcla heterogénea de unas 270 almas, reflejaba la ambición del proyecto y su precario equilibrio. Había portugueses leales a Magallanes, castellanos desconfiados de un capitán extranjero, y un puñado de marinos de toda Europa, desde griegos hasta alemanes. Un joven italiano, Antonio Pigafetta, se había colado en la expedición por su cuenta, más por curiosidad que por convicción, dispuesto a registrar cada detalle, cada excentricidad, sin saber que se convertiría en el cronista principal de una aventura sin precedentes. Llevaban galletas de mar, vino, aceite, y un cargamento de baratijas destinadas al trueque, además de cañones y mosquetes, por si la diplomacia fallaba.
El objetivo oficial era encontrar ese paso y regresar cargados de especias, pero el subtexto era una apuesta gigantesca por la gloria y la riqueza, una que pondría a prueba no solo la resistencia humana, sino también la misma noción de un mundo finito. Partían con la bendición real, sí, pero también con la sombra de la intriga y la desconfianza acechando en las cubiertas. La ruta era incierta, los mapas incompletos, y la lealtad, una moneda que cambiaría de valor con cada ola.
Lo que los sevillanos vieron alejarse ese día fue una flota más, un pequeño punto en el horizonte que se desdibujaba entre la bruma del río y el mar. Lo que no podían saber es que, de esos cinco barcos y 270 hombres, solo uno, la <i>Victoria</i>, y apenas 18 tripulantes famélicos y enfermos, regresarían a Sevilla tres años después, habiendo cerrado el círculo de la Tierra. El propio Magallanes no estaría entre ellos. Había encontrado su paso, sí, pero también una lanza en una playa lejana, un final que, para un hombre de su obstinación, seguramente habría sido tan irónico como predecible.