Gran Hambruna Azota Europa
La escena se repite una y otra vez, con variaciones apenas imperceptibles, a lo largo del verano de 1315. En el Palacio de Westminster, la cocina real, antaño un torbellino de actividad y el origen de banquetes que habrían hecho sonrojar a Baco, ahora emite un aire de inquietante quietud. Es 11 de agosto y, en las despensas, el pan escasea. El cocinero principal, un hombre corpulento cuya preocupación habitual era la variedad de aves de caza, frunce el ceño. Sus subalternos, con ojos hundidos, le miran expectantes. Se ha enviado a los mensajeros una y otra vez, con la bolsa real repleta de monedas de plata, a buscar grano, a comprar pan en los mercados de Londres y sus alrededores. Pero las bolsas regresan llenas de monedas, y vacías de harina. Los precios son exorbitantes, cuando hay algo que comprar. El rey Eduardo II, el mismo monarca de Inglaterra, se enfrenta a una realidad ineludible: no hay pan para su mesa, ni para su séquito, ni para su guardia. La paradoja es cruel: el dinero, que antaño lo compraba todo, ahora no sirve para adquirir la más básica de las necesidades.
Lo que vivía la corte inglesa no era un mero inconveniente; era el preludio de una catástrofe que ya se cernía sobre el continente. Desde 1314, el clima de Europa había virado con una ferocidad inusual. Los veranos se habían vuelto una burla: húmedos, fríos, interminables. Las lluvias torrenciales empapaban los campos, pudriendo las cosechas en la tierra o impidiendo su maduración. Los inviernos, igualmente implacables, no ofrecían tregua. La Pequeña Edad de Hielo, un fenómeno climático gradual, había decidido mostrar sus dientes con particular saña.
La agricultura medieval, ya de por sí precaria y dependiente de un clima más benévolo, no tenía defensa contra tal embestida. Sin fertilizantes modernos ni la capacidad de transportar alimentos a grandes distancias, cada región dependía casi enteramente de sus propias cosechas. Cuando estas fallaban, el colapso era inmediato y brutal. La gente, que ya vivía al límite de la subsistencia, vio cómo sus reservas se agotaban y los graneros quedaban vacíos. Los animales de tiro, debilitados por la falta de forraje, comenzaron a morir, dificultando aún más la siembra de la próxima temporada. Un ciclo vicioso de hambre y desolación se ponía en marcha.
Los registros de la época, a menudo escasos y fragmentados, pintan un cuadro desolador. En Ypres, una ciudad flamenca, se estima que alrededor del 10% de la población murió en los primeros seis meses de 1316. En algunas parroquias rurales de Inglaterra, la mortalidad se disparó hasta un 15% o incluso más. No fue una muerte rápida y misericordiosa; fue una agonía lenta, marcada por la desnutrición, la debilidad y la susceptibilidad a enfermedades como la disentería y la neumonía. Los relatos de canibalismo, aunque difíciles de verificar con exactitud, circulaban como fantasmas en la noche, añadiendo un horror psicológico al sufrimiento físico.
La Gran Hambruna no solo vació estómagos; también erosionó la fe en las instituciones. La Iglesia ofrecía oraciones y procesiones, pero el cielo permanecía sordo. Los reyes y nobles, como Eduardo II, intentaron medidas desesperadas: fijar precios máximos para los alimentos, prohibir la exportación de grano. Pero estas edictos eran como diques de papel ante un tsunami. La ley de la oferta y la demanda, implacable, se imponía a cualquier decreto real. La ironía era mayúscula: la autoridad terrenal, que se jactaba de gobernar a los hombres, era impotente ante el capricho del clima. El monarca, incapaz de asegurarse un pedazo de pan, se veía reducido a la misma impotencia que sus súbditos más humildes. Y en ese detalle, en la escasez de pan en la mesa de un rey, se revela la verdadera magnitud de una catástrofe que reconfiguraría la sociedad europea mucho antes de la Peste Negra.