Iraq invade Kuwait, desencadenando la Guerra del Golfo
Kuwait
Saddam Hussein tenía una lista. Escritores, abogados, periodistas, académicos: 300 nombres de kuwaitíes que debían ser arrestados el primer día. Lo que no tenía era un plan para lo que vendría después.
El 2 de agosto de 1990, los tanques iraquíes cruzaron la frontera en la madrugada. Seis horas después, Kuwait dejó de existir como país independiente. Saddam lo proclamó la diecinueve provincia de Irak con la soltura de alguien que acaba de resolver un problema menor. Pero lo que en Bagdad parecía un acto de consolidación territorial desencadenó un mecanismo geopolítico que seguiría funcionando treinta años después, transformando el Oriente Medio, el comercio global y la manera en que el mundo pensaba sobre la guerra.
La invasión en sí fue casi aburrida en su eficiencia. Fuerzas iraquíes—unos 100 mil soldados, 1.400 tanques—aplastaron una resistencia que nunca tuvo oportunidad. El emir de Kuwait huyó a Arabia Saudita con su familia en helicóptero. Los civiles que quedaron enfrentaron algo peor que la derrota militar: la ocupación. Los iraquíes saquearon sistemáticamente el país. Se llevaron de todo—desde óleos de galerías de arte hasta los inodoros de los edificios gubernamentales. Cuando terminó, Kuwait había perdido 20 mil millones de dólares en bienes robados o destruidos.
Pero la verdadera consecuencia fue global, y comenzó cuando el mundo se dio cuenta de qué estaba en juego. Kuwait no era solo un país pequeño: era el productor de petróleo número tres del planeta. Irak, con la invasión, controlaba el 20 por ciento de las reservas mundiales de crudo. Los precios del petróleo se dispararon de 15 a 40 dólares por barril en semanas. Los mercados de valores cayeron. Las economías occidentales, dependientes del petróleo barato, entraron en pánico.
Lo que pasó después fue un ejercicio extraño de diplomacia y fuerza bruta. Estados Unidos reunió una coalición de 35 países. La ONU autorizó el uso de la fuerza. En enero de 1991, comenzó la Operación Tormenta del Desierto: 42 días de bombardeos aéreos seguidos por cien horas de guerra terrestre. Fue la primera guerra televisada en tiempo real. Los misiles Tomahawk volaban por las calles de Bagdad mientras periodistas reportaban en vivo desde hoteles. Civiles iraquíes murieron—estimaciones oscilan entre 100 mil y 300 mil—en una campaña de bombardeos que se suponía era "quirúrgica".
Kuwait fue liberado. Su petróleo volvió a fluir. Pero nada volvió a ser como antes. La presencia militar estadounidense permanente en Arabia Saudita—establecida para proteger a los aliados—se convirtió en el agravio que Osama bin Laden citaría años después como justificación para los ataques del 11 de septiembre. Las sanciones contra Irak mataron de hambre a cientos de miles de civiles durante la década siguiente. Saddam se quedó en el poder, más débil pero aún ahí, alimentando resentimientos que explotarían una década después.
Lo irónico es que Saddam invadió Kuwait creyendo que Occidente no respondería. Había invadido Irán años antes sin provocar una reacción global de esa magnitud. Esta vez se equivocó. Pero su error no fue militar—fue geopolítico. Tocó algo que el mundo no podía permitirse: el control de la energía que hacía funcionar la civilización occidental.